La niña que se estresaba con la lluvia de abril

Cuando Alicia cayó por el agujero, aterrizó en un mundo en el que los conejos llegaban tarde a las citas, los sombrereros permanecían atrapados en fiestas eternas y las reinas cortaban cabezas a ritmo de sístole y diástole. El País de las Maravillas… ¡qué lugar!

Lleno de valles, praderas, políticos incorruptibles y de lugares anti-paradisíacos, este reino de pacotilla estaba habitado por gentes peculiares a las que sólo se las podía conocer si uno llevaba encima cambio de sonrisa y media.

Una de las personas más atrayentes de esta tierra es, sin duda, la niña que se estresaba con la lluvia de abril. Una chica peculiar, está claro, pero simpática, deportista y fumadora ocasional las noches de Perseidas. Su casa no aparece en las guías Lewis-Carrol, pero la encontraréis sin problemas si llegáis a la ladera norte de la montaña olvidada por los ciervos, giráis a la derecha, seguís el extremeño arroyo de la luz y cruzáis el bosque-legión de Zervud. No tiene pérdida.

 

Vida Social

En esta parte de Wonderland (como la llaman los habitantes de Fishandchipsland) es muy importante no tener vida social aparente. Sí, puede parecernos raro pero, mientras en otros lugares uno tiene que aparentar ser alguien diferente al que realmente es (menos el gato con botas que, evidentemente, es gato y tiene botas), aquí los amigos de uno son los amigos de uno y no los de su cartera, los de su posición o los de su familia.

La niña tenía tres amigos que la querían por cómo no era; quiero decir, es fácil querer a alguien por cómo es pero quererlo por cómo no es… eso es otro mañanero cantar de gallo afónico. El gigante rubio que nunca había dormido, el ciervo viejo de Antioquía y el águila rojo de picos pardos la querían fuertemente porque ni era egoísta ni era mal hablada ni era la típica niña de trenzas doradas de los cuentos de hadas.

 

Los tres amigos

Conocí a este grupo de amigos una lluviosa tarde en la que me alejé queriendo del camino de baldosas amarillas. En mitad de la lluvia, sin GPS y harto de estar harto, encontré el árbol que susurraba las noches de sábado. ¡Todo un lujo! Sobre todo porque era viernes y no había que soportarle hablando sobre tácticas de fútbol.

Bajos sus ramas, observé cómo un gigante, un águila y un ciervo contaban historias basadas en películas de romanos. Imaginad mi sorpresa.

– Hola, ¿cómo estáis?- pregunté timorato al llegar.

– Muy bien, ¿y tú?- respondió el águila rojo de picos pardos.

– Yo estoy… que es mucho más que ser, ¿no creéis?

Todos asintieron en silencio y me invitaron a unirme a ellos. Acepté porque llovía mucho y mi sombrero de ante azul no estaba preparado para soportar tanta cantidad de agua. Además, estaban bebiendo infusión de hierbas pisadas por un pato rojo y eso… ummmm… ¡qué celestial aroma a foie dormido!

Aquella tarde hablamos del Imperio austro-Húngaro, del perro de mi vecino (que habla flamenco los jueves por la tarde) y de la niña que se estresaba con la lluvia de abril.

– ¿La niña que se estresa con la lluvia de abril?- pregunté sorprendido.

– Sí- asintió el gigante- es nuestra amiga, la que vive en aquella casa de la colina.

– Pobrecita, ¿y lo pasa mal?

– Muy mal. En abril nunca sale de casa.

– ¿Sólo en abril?

– Principalmente.

– ¿Pero por qué?

– Nadie lo sabe a ciencia cierta pero ella dice que es porque no para de trabajar.

 

La niña

Después de pasar la tarde junto a mis nuevos amigos y no pudiendo vencer a mi intriga de gato en extinción, subí por la colina, intenté no pisar las calabazas que parecen sandías que parecen melones y llegué hasta la casa de la niña. Llamé a la puerta.

– ¿Quién es?- preguntó una dulce voz desde el interior.

– Soy yo.

– Tienes que estar confundido. Yo, soy yo, por consiguiente, tú no puedes ser yo.

– Bueno, niña, puedo asegurarte que yo soy yo.

– No lo creo, porque yo también soy yo.

– Visto así… igual estoy equivocado- decidí rendirme aun sabiendo que yo soy yo y que tenía razón.

– La puerta está abierta, pasa si quieres. Eso sí, ahora mismo no tengo tiempo de atenderte.

estres

Abrí la puerta sin problemas y entré en la casa. Todo estaba en perfecto orden, limpio y con una decoración exquisita. Se podría decir mucho sobre aquel hogar pero no lo haré por preservar la intimidad de nuestra protagonista. En demasiadas ocasiones, los narradores de las historias pecan de indiscretos.

Desde la cocina provenían suspiros y un ruido fuerte, como de objetos que se mueven anárquicamente. Obviamente, me dirigí allí y me encontré con una escena sorpresiva: la niña, sentada en el suelo, rodeada de papeles y de cajas de cartón, fumando, hablando sola y haciendo gestos más cercanos a los espasmos que al decálogo de gestos oficiales en El País de las Maravillas.

– ¿Puedo preguntar qué haces?- inquirí.

– Puedes, pero no tengo tiempo de responder- chilló sin mirarme, al tiempo que continuaba moviéndose por el suelo, mirando papeles y haciendo gestos de desaprobación.

– No es por molestar…

– Lo siento, lo haces.

– Ya, pero quería saber si estás bien, sólo eso.

– No, no, ¡no! ¿¡Cómo voy a estar bien!? Tengo muchas cosas que hacer, que revisar, que leer… ¡no tengo tiempo!

– Ya, lo entiendo, pero quizá podrías parar y nos podríamos tomarnos un té y…

– ¡Que no, que no, que nooooooo! No, nada. ¡Tengo muchas responsabilidades y no puedo!

– Pero…

– ¡Nooooooooooooo! ¡Estoy muy estresada! ¡En abril no tengo tiempo!

– Ya, pero es que… en fin…

– ¡No!

– Mira, el problema es que no estamos en abril, estamos ya en junio- aquellas palabras dejaron a la niña que se estresaba con la lluvia de abril descolocada, mirándome en silencio con sus enormes ojos color café con un puñados de gotas de leche.

 

Calendario

Tenéis que saber que en El País de las Maravillas sólo llueve los meses pares. Así que la gente trabaja en ellos y suele descansar los impares. Debido a que el trabajo de la joven explota, principalmente, en el mes de abril (recolectar la lengua de signos de las amapolas risorias, estudiar para el examen de Gameofthrology y contemporizar el sistema gravitatorio de la luna de Valencia) la niña se estresaba cada año de manera irracional.

Con los primeros soles del mes de mayo, todo esto cambiaba. Ella se relajaba un poco y volvía a su ritmo de vida normal (que todo hay que decirlo, ya era más estresado de lo habitual). Sin embargo, aquel año, el gato de Schrodinger (cansado de estar vivo, muerto y resucitado a la vez) se había llevado consigo a su caja el mes de mayo y de abril habíamos pasado a junio. Y no habíamos visto el sol y la niña, sin tiempo para mirar el reloj ni el calendario, había caído en un estado de estrés perpetuo.

– ¿Tomamos ahora un té y charlamos sobre los fantasmas del Universo?- le pregunté después de explicarle lo sucedido.

– No, lo siento, ahora es imposible; si estamos en junio significa que queda un mes menos de los que yo pensaba para abril del año que viene. Lo siento, no tengo tiempo- dijo mientras pintaba en su cara una mueca de tristeza.

– Lo entiendo, tranquila- dije sabiendo que dentro de su cabeza todo tenía perfecto sentido y que dentro de la mía ese sentido era menor. Pero amigos míos, ¿qué podría haber hecho yo? Enseñar a relajarse puede ser más estresante que abrazar y besar al propio estrés.

 

Tras hacer una reverencia, le di dos besos y salí de aquella casa sabiendo que me iba a mojar, que mi sombrero de ante azul se iba a estropear, que tendría que haber visitado Wonderland en un mes impar y que la niña que se estresaba con la lluvia de abril también se estresaba en junio… y que, muy probablemente, también se iba a estresar en julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, enero, febrero y marzo.

PD: Se rumorea que el gato de Schrödinger se ha aliado con el de gato de Cheshire y planean secuestrar diciembre con la intención de pedir un rescate de ronroneos. Por este motivo no he añadido este mes al de posibles meses de estrés para la niña.

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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