Los pequeños placeres de ir al gimnasio

Ir al gimnasio es toda una experiencia. Dependiendo de para quién, puede ser una experiencia deportiva, religiosa, sexual, laboral e, incluso, un acontecimiento social. Sí, ya sé que uno va allí a desarrollar sus músculos, a sentirse mejor con uno mismo, a retrasar el envejecimiento y a todas esas cosas…

Pero, ya sabéis, a mí no me gusta ser evidente y predecible. Por eso, cuando voy al gym intento (a parte de convertirme en un irresistible jovenzuelo) fijarme en la gente que me rodea. A ver, no en plan James Stewart en “La ventana indiscreta”, si no, más bien… bueno, si tenéis cinco minutos os lo explico.

Os pongo el ejemplo de esta misma mañana…

Esta mañana he llegado al gimnasio a las 8,30. La chica de la puerta, seria, con cara de dormida y de importarle un pepino lo que sucedía a su alrededor, ha levantado los ojos de su smartphone, me ha saludado con un triste bonjour y ha seguido trasteando con su móvil. Estamos demasiado enganchados a otros cybermundos, ¿verdad?

Me he cambiado en el vestuario, he cogido un botellín de agua y me he puesto con las máquinas de tren superior. Que si bíceps, que si tríceps, que si pecho… cualquiera diría que sé de lo que estoy hablando. En fin, que cuando me he dado cuenta, ya habían llegado diferentes compañer@s de fatigas a nuestro lugar de tortura habitual.

Mientras descansaba después de una tanda de abdominales, me he fijado en la chica que estaba a mi derecha: una chica oriental que parece Xena (la Princesa Guerrera). Levanta más peso del que yo puedo mover con un camión y su cara de concentración y de agresividad espero encarecidamete que no sean el reflejo de su alma. Allí está, todas las mañanas moviendo cosas como si trabajase en una empresa de mudanzas.

Frente a mí, en la cinta de correr (de caminar en este caso), una guapa rubia leía la revista “Elle” al tiempo que marchaba con el móvil en la mano. Estaba contestando al whatsapp como cualquier niña pija hace cada mañana (que me perdonen, por favor, las pijas de corazón, no las de cartera).

A mi izquierda, tres chicos que parecían salidos del programa de dopaje de la antigua URRS (bueno, y visto lo visto recientemente, de la nueva madre Rusia también) levantaban peso ayudándose unos a otros y descubriéndome músculos que no sabía que existían. ¡Vaya toros de cabeza afeitada!

gimnasio

Al fondo, un chico pelirrojo, barbudo y lleno de tatuajes tribales se miraba al espejo disimuladamente. No sé cómo andarán de extras en la serie de TV “Vikingos” pero, vamos, este chico ya está tardando en enviar su CV. A su lado, un chico hace series agresivas de press de banca. En cada descanso, se levanta y hace movimientos de algún arte marcial que se me escapa. Bueno, eso o sufre de múltiples ataques epilépticos semicontrolados.

Vuelvo a mis series y paso desapercibido para un señor mayor que pedalea relajadamente en bicicleta, para una chica con un top rosa (que me está taladrando los ojos) y para una sonriente señora que ocupa la máquina de remo.

Todo un club social, ¿no creéis? Por este motivo me gusta pasarme por el gimnasio. Sin duda, correr por el parque no es lo mismo. Eso sí, he de reconocer que cuando intentaba pasar desapercibido, todo el mundo se me quedó mirando. Al principio pensé que era por mi hercúlea manera de levantar la barra. Al poco me di cuenta de que había puesto (por error) más peso en la parte derecha que en la izquierda y… bueno, imaginé lo que los demás estarían pensando, en cómo comentarían con sus amigos que un canoso había hecho el ridículo más espantoso a primera hora de la mañana y decidí escribir este artículo para adelantarme a todos ellos.

¡Haced deporte!

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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