Espejismos de algodón

Recuerdo aquellos tiempos en los que daba igual tener los ojos abiertos o cerrados…

o, simplemente, tener ojos o no tenerlos.

 

En aquellos tiempos…

siempre fuimos parte de la oscuridad,

siempre creímos no serlo.

 

Nuestro mundo era el MUNDO.

Siempre el MUNDO.

 

Atados a la brea,

esperando esperar.

 

Nada.

 

 

Una Nada de miles de millones de nadas.

 

Una nada de férreos eslabones de estiércol

que nos hicieron esclavos de las tinieblas,

sin posibilidad de emancipación.

 

 

– O cambiamos la estrategia o nunca nos serán útiles.

– ¿Útiles para qué?

– Para nada.

 

 

 

Y la condescendencia del interés nos regaló la luz.

 

Y acostumbrados a la nada, la luz nos cegó de falsa felicidad.

Y la adoramos…

y les adoramos.

 

Y nos adoramos,

sin darnos cuenta de que…

 

de que, de que, de que,

 

de que habíamos sido esclavos desde nuestra primera inspiración de conformismo

hasta nuestra última expiración de cansancio vital.

 

Frágiles…

atolondrados.

 

Maravillándonos con un mundo nuevo

en blanco y negro.

Bueno y malo.

 

 

Creímos.

Perdimos.

Seguimos creyendo.

Volvimos a perder.

Todo por cumplir el sueño de otros,

por cumplir una función.

 

Y al final…

sólo cambiamos el frío por el calor.

 

¡Y ni siquiera sabíamos qué era el calor!

(ni el frío)

 

 

¿Qué ganamos realmente?

 

Nos dijeron que profundidad de campo,

que un punto de vista,

que perspectiva.

 

Nos dijeron que era un REGALO

entero para nosotros.

 

Para siempre.

 

 

Y corrimos a cambiar el sentido de las palabras.

Y tiramos leche en las paredes de carbón.

Y descubrimos el escorzo de nuestros labios,

el brillo de nuestros ojos…

 

las mentiras de nuestras formas.

 

 

Atados por las formas a las formas…

atados a los nuevos espacios creados.

Atados a los dioses…

al tiempo…

 

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

 

siendo las marionetas de las marionetas…

 

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

 

Mentidos por nuestras propias mentiras.

¿Tic?

 

Hasta que algunos tuvimos la necesidad de más,

de mucho más.

 

¡Tac!

 

 

Con la incongruencia del necio

descubrimos que el blanco y negro ya no nos valían.

No podían captar los espacios.

¡Inútil!

No podía embotellarlos.

¡Inútil!

 

Y cometimos el pecado de desear algo que no teníamos,

que no nos habían dado,

que ni siquiera estábamos seguros de que existiera.

 

Seguir la corriente se había hecho demasiado corriente.

 

Estar a gusto en la esclavitud hubiera sido nuestro mayor pecado.

 

 

 

Pero aún así lo intentamos.

Quizá porque nacimos sin el gen del conformismo,

sin el gen de la obediencia ciega,

sin el de la necesidad de encajar…

 

porque somos lo que somos

y hacemos lo que hacemos,

y eso es lo que nos gusta,

 

de la manera que nos gusta

y no como dicen que debe gustarnos…

 

Y más allá del todo,

más acá de la nada…

 

 

 

Iniciamos la búsqueda.

Baldosa a baldosa.

Tripas de Bellocino de Oz.

 

Y experimentamos,

mezclando lo imposible…

encontrando el fuego.

 

El fuego.

 

Imagen 328

 

Robando el fuego.

 

Lo multiplicamos;

lo regalamos.

 

 

 

¡Vivir!

Sentid los colores.

Su calor.

Su verdad.

 

¡Sonreíd!

 

 

Pintad el mundo del color que queráis…

pero pintadlo ya.

Ha llegado el momento de los que quieren ser diferentes.

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

2 Comentarios

  1. Que bonito Luis Miguel!! “Y acostumbrados a la nada, la luz nos cegó de falsa felicidad.” Lo he leído dos veces, luego tres…e iba descubriendo mas cosas a medida que leía…Feliz verano!! Y no dejes nunca de escribir.

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