Punto y final

– Desconozco si el final de todo es el principio de algo- anotó el viejo en uno de los márgenes de la anteúltima página del libro que estaba escribiendo. Con el punto y seguido aún aferrado a su pluma, cerró sus ojos e inspiró con fuerza. Ni los jardines colgantes de Babilonia ni las amapolas de FVC-45 ni las cascadas florales de Ábux Línder podrían haberse comparado nunca al olor que desprendían aquellos muebles desde tiempos inmemorables.

Atado a las tinieblas por sus propios párpados, el anciano dejó que su mente se escapara una vez más por la ventana de la biblioteca. Sobrevoló lo poco que aún quedaba del Universo, sintió la soledad aferrarse a sus huesos, hizo una mueca y retornó a su cuerpo para dejar caer el punto y seguido que le faltaba a su última frase.

– Ya queda poco- pensó al tiempo que tornaba la hoja y llegaba a la última página de la Historia.

De pronto, su cerebro construyó una imagen que le hizo sonreír. – ¿Por qué no?- se dijo con cierta ilusión. Sin pensárselo dos veces, sumergió las pocas fuerzas que le quedaban en sus destartaladas piernas, apagó el cirio que estaba sobre su mesa, se incorporó, cogió el libro y miró alrededor. No fue capaz de recordar cuándo había sido la última vez que había salido de aquella estancia; a decir verdad, no fue capaz de recordar si alguna vez había estado lejos de aquellas cuatro paredes.

Con una sonrisa en la boca comenzó a moverse, abrió la puerta y observó el pasillo que se construía justo enfrente de sus ojos. Sin dudarlo, avanzó despacio hacia las escaleras de piedra que estaban situadas al final del mismo. Llegó con facilidad hasta ellas e inició un ascenso agónico. Cada escalón se convirtió en una cordillera; cada paso, en una súplica emitida por sus endebles rodillas.

Las gotas de sudor no tardaron en fugarse de su piel y su corazón se aceleró hasta la máxima velocidad de crucero que era capaz de soportar. El anciano sabía que el éxito de aquella misión iba a depender de su capacidad de autocontrol. Intentó mantener a raya sus pulsaciones, se ayudó del reposa manos y, con el colapso aferrado a la mitad de sus órganos vitales, consiguió alcanzar la parte superior de la torre.

– Ya casi está- se dijo mirando al frente e intentando recuperar el resuello. Tras unos instantes, regaló al mundo unos pasos más, llegó hasta el muro, encendió una de las antorchas, se sentó y descansó. Durante unos cuantos minutos, simplemente, se dedicó a respirar.

mano que escribe

Por fin, levantó su cansada mirada y observó. Para su tristeza, la extraña oscuridad reinante no le permitió ver ni las estrellas ni los planetas ni las lunas ni los campos ni los ríos ni las bellas montañas que durante millones y millones de años habían estado decorando el centro del Universo.

– ¿Habrá valido para algo mi trabajo?- se flageló quitándole el freno a una de sus lágrimas.

Más tranquilo, sentado sobre una de las piedras salientes, el escribano colocó el libro sobre su regazo y lo abrió por la última página. Con un eterno movimiento de brazo, situó el tintero sobre la guarda de la derecha, empapó la pluma y escribió.

– Aquel viejo, viendo cercana ya su muerte, abandonó su lugar de trabajo, subió hasta la torre más alta del palacio y aguardó el fin del mundo.

Cerró los ojos otro instante y comenzó a pensar en lo feliz y lo triste que había sido escondiéndose detrás de la vida de otros, viajando a lugares en los que nunca había estado y observando todas aquellas cosas que nunca había visto.

– Por primera vez, tuvo tiempo para pensar en sí mismo; y al pensar en sí mismo, descubrió lo que suponía estar nervioso- escribió mientras una gran sombra se cernía sobre él.

Era una sensación nueva. Por supuesto, había sentido los nervios de otros y había escrito sobre ellos en múltiples ocasiones. Recordó, por ejemplo, cómo le sudaban las manos al pobre Ra Mov en su única entrevista de trabajo, cómo Cristina Seewall se agarraba las rodillas justo antes del nacimiento de su sobrino o cómo el pobre Bernard Koc intentaba que su corazón no atravesase sus costillas, mientras se besaba por primera vez con Manuela Henrry en la cuarta columna del “Quinto Pino.”

Pero ahora todo era diferente: su estómago ardía porque el Universo estaba llegando a su fin y no tenía ni la más remota idea de lo que le iba a suceder cuando eso pasase.

– ¿Y si no es un punto y final?- se preguntó recordando las múltiples teorías existentes sobre la vida después de la muerte.

Sea como fuere, el anciano se preparó para su último instante– escribió con solemnidad.

Una vez más, acercó su huesuda mano hacia el tintero, empapó la pluma y, cuando se disponía a retornar su brazo a la posición de escritura, una torpeza con la manga de su túnica hizo que tropezase con el tintero y que su contenido se vertiese sobre la guarda y sobre la última página del libro.

– ¿Pero qué…?- empezó a decir cuando se dio cuenta del estropicio realizado.

La tinta lo manchó todo en un instante. El anciano gimió, juró y estuvo a punto de tirar el libro y el tintero muro abajo. Sin embargo, sabiendo que le restaba poco tiempo, olvidó sus instintos primarios y se centró en su labor.

El escribano, torpemente, manchó la última página del libro con tinta y mancilló la profesionalidad de toda una vida de trabajo– anotó en uno de los pocos espacios de la página que aún estaba en blanco.

– ¡Qué desastre! ¡Qué maldito desastre! ¿¡Qué pensará de mí el que lea esto!?- gritó en la soledad de su torre, mientras observaba el alcance de su ineptitud. Levantó sus brazos, alzó su cabeza, se dispuso a lamentarse y, entonces, lo vio. Todas aquellas historias, lugares, maravillas y horrores de los que había estado escribiendo durante su vida flotaban sobre él. Una masa ingente de logros, de fracasos, de coincidencias… miles de millones de años de espacio y tiempo dirigiéndose muy despacio hacia su posición.

El anciano se olvidó de la tinta, del libro y de sí mismo y se quedó petrificado ante lo que sus ojos estaban viendo. Superado, añoró la Gran Explosión, las leyes fundacionales, la expansión del Universo, la formación de las galaxias y lloró al darse cuenta de que toda aquella eternidad había sido un miserable suspiro.

Desde la torre de su palacio, pudo ver cómo el fin del mundo se acercaba poco a poco, tragándose todo lo que se cruzaba en su camino, incluida la luz. Tembloroso, se encogió de hombros, frunció el ceño, comenzó a elevarse y esperó su destino, mientras las paredes de aquel escenario perdían para siempre su posición.

Flotando en la nada, abrazando la paz, el viejo se dio cuenta de cómo iba a ser su final y anotó a ciegas las últimas palabras de la Historia. Segundos después, dejó de sentir el libro, perdió el contacto con su pluma y fue absorbido por aquella gran bola negra.

Teniendo ya en su interior toda la materia del Universo, la esfera comenzó a menguar de tal manera que, en unos pocos segundos, su tamaño quedó reducido a un diminuto punto. Después de permanecer unos segundos en calma, sin movimientos, sin emitir ruidos, aquel punto descendió hasta posarse al final de la última frase que el anciano había escrito.

 

Y sin saber muy bien por qué, toda la materia del Universo sirvió de punto y final para su trabajo

punto

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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