Tu sonrisa

Miras el recuerdo de lo último que te importaba del mundo y le pegas un largo trago al pantanoso whiskey de tu petaca. Te estiras como una serpiente en busca del cielo al tiempo que el infierno quema tu alma.

Lloras; ya nadie queda para ayudarte.

Te miras en un infartado espejo de mierda e intentas sobre-maquillarte una vez más. Una vez menos.

Piensas en todos los trenes perdidos, en todas las calles cortadas, en todos los destinos a los que no has podido llegar. Bebes otro trago.

Un lágrima se atreve a fermentar en tus ojos mientras todo desaparece por un segundo.

tristezaCon cada segundo de agonía, con cada culpa adquirida, con cada respiración perdida te has ido haciendo cada vez más mayor y más pequeño… ahora mismo, no creo que midas más cinco centímetros o, quizá, seis.

Apagas la televisión antes de vomitar. Estás harto de que aquellas personas siguan hablando y hablando sin saber lo que es el Pretérito Perfecto de Subjuntivo. Sin ni siquiera saber qué es un Pretérito. Sin parecer tenerlo.

Te destroza recordar que tú lo tienes, que posees un Pretérito Perfecto a pesar de que nunca vayas a convertirlo en Futuro. Probablemente, nunca. Probablemente, siempre.

Miras el reloj.

Estás atrapado entre cuatro paredes de chapa, intentando que tus lágrimas no oxiden aún más el poco maquillaje de “Todo a cien” que te queda.

Miras tus manos. Te parecen tan temblorosas como ajenas. Recuerdas todo lo que han tocado… todo lo que han dejado de tocar.

Te pones tu chaqueta de cuadros, te colocas tu flor de plástico en la solapa y te calzas unos zapatos más grandes que tu tristeza. Terminas eso que parece whiskey.

Lloras.

 

Sin más dilación, sales de la furgoneta en la que vives, andas unos pasos, escondes tus lágrimas en el bolsillo interno de tu descolorida chaqueta  y construyes una sonrisa con las últimas gotas de alma que te quedan.

La puerta se abre.

– ¡Ya está aquí el payaso!

“Y tanto”, le dices a tus tuétanos mientras tiras con fuerza de todos los músculos de tu cara para aparentar que ríes.

Te llevan ante los niños… otro cumpleaños de futuro gerente de una empresa pública.

Les miras: no te queda más whiskey… no te quedan más lágrimas… no te queda más nada.

Así que sonríes y haces lo que mejor sabes hacer: caerte, quejarte, recibir golpes, perderte y llorar.

Llorar a tsunamis.

Los niños escupen risotadas hasta dolerles la garganta. Piden más y más.

Y tu sigues.

Y de tanto más, ya no puedes más.

 

Sales de la casa. Cuentas el dinero. Lloras. Llegas a tu furgoneta.Te quitas tu ropa de trabajo. Te miras al espejo y ves una tétrica sonrisa pintada sobre un mapa que no lleva a ninguna parte. Cierras los ojos; no necesitas verte más.

 

Hoy podrás cenar, mañana…

mañana qué más da.

 

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

2 Comentarios

  1. Siempre me cuestioné para que quería yo realmente un ordenador. Las redes sociales, la información que te desborda, las noticias tan actuales, tan al momento todo, tan inmediato…Luego las redes sociales, los cientos de miles de “me gusta”, los 140 caracteres del Twitter, las películas, la música, los libros…miles de veces he pensado en no volver a encenderlo.

    A veces, tengo la inmensa suerte de encontrar tesoros. Entonces vuelvo a pensar que quizás, es por esto por lo que un día me compré un ordenador. Gracias por recordármelo. De verdad…gracias

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