El ébola

Nunca he olido el ébola ni le he visto pasear frente a mis ojos ni, probablemente, he estado cerca de él… sin embargo, en las últimas semanas, todo me huele a ébola. Cada persona, cada cañería, cada bocadillo… todo sabe a ébola. La gente que me rodea no hace más que hablar de este peligroso virus y el muro de mi Facebook parece una corchera puesta en el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta.

¿Qué nos sucede?

No sé si es porque estoy cayendo enfermo (de gripe) (espero), porque ayer apareció el primer contagiado en los Estados Unidos, por la melancólica ofensiva del otoño o porque estoy escuchando a Tracy Chapman pero, lo cierto, es que yo ya me siento muy raro.

Y me siento muy raro porque el ébola representa a la perfección lo que somos como especie; más concretamente, afirmo que representa lo peor que albergamos en nuestro interior. Y no, no lo digo por la política de las farmacéuticas ni por la desidia de los gobiernos ni por palabras como las del ultraderechista francés Jean-Marie Le Pen aseverando que este virus podría terminar con el problema de la inmigración en tres meses… no.

ebola

No, no lo digo por eso. Lo digo porque durante las últimas semanas están muriéndose o infectándose miles de personas en África y no hemos sido capaces de mover un dedo para ayudarlas (salvo Cuba y las ONG). Y sólo lo hemos hecho cuando nos han dicho que podría haber riesgo de contagio en el Imperio Romano de Occidente. Y entonces corremos como pollos sin cabeza y hablamos con la panadera y con el taxista y con el carnicero y con el barman y llegamos a la conclusión de que estamos a las puertas del apocalipsis zombie…

¿Y sabéis qué es lo peor?

Lo peor es que nos estamos llevando las manos a la cabeza por los posibles efectos (EN EUROPA y, supongo, en el resto de potencias mundiales) de un virus que ya ha causado 2000 muertos (EN ÁFRICA) y que tiene una alto porcentaje de mortalidad… y al mismo tiempo, permanecemos impasibles ante los 10000 niños que mueren de hambre por desnutrición DIARIAMENTE.

Y no hacemos nada (aunque fuera por egoísmo) para evitar los caldos de cultivo que suponen sus condiciones de vida y no hacemos nada por ellos, queridos amig@s, porque nos hemos inmunizado contra el virus más inhumano que existe: el hambre… de los demás….

eso sí que es lo peor… porque, entendedme, si el hambre se contagiara por el tacto (o por los líquidos o a través del aire), hace siglos que habríamos encontrado una cura solidaria.

 

Por cosas como estas…

perdonad que os diga…

damos asco.

PD: Que nadie me malinterprete; hay que poner todo lo que tengamos para atajar los efectos de este virus y, no sólo por lo que pudiera pasarnos a nosotros, tenemos que hacerlo por lo que YA les está pasando a ellos (perdonadme el empleo del ellos/nosotros… es para dejarlo más claro). Del mismo modo, debemos dejar de mirar para otro lado con situaciones que están causando diez veces más muertes al día que las que lleva este virus en su haber, simplemente, porque nos queda todo muy lejos.

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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