Proud Mary

Sin duda, Proud Mary, es una de esas canciones que ha forjado mi manera de entender la música. Grabada por la Creedence Clearwater Rivival a finales de los años sesenta, llegó hasta mí escondida y atrapada un viejo cassette que encontré en casa de mis padres hace ya muchos años. Después de un duro exorcismo, pude liberarla de su prisión y… en fin, en cuanto la liberé, se agarró a mi mano para siempre.

Voy a aprovecharme de ella (si me lo permites, amiga) para inaugurar una serie de relatos que voy a dedicar en este blog a canciones que me han entusiasmado por un motivo o por otro. Las historias que me han inspirado estas canciones (y que voy a contaros queráis o no) no tienen por qué tener que ver con la intención original del autor cuando las compuso. Sin embargo, me veo obligado a hacerlo porque sus partituras y sus letras son tatuajes que mi alma luce gustosa sin motivo aparente.

Espero que os guste.

 

Proud_Mary

 

Orgullosa Mary

 

Suena el móvil…

 

Mary está harta de su smartphone. Todo el día recibiendo llamadas, whatsapps, correos electrónicos… todo el santo día y toda la santa noche recibiendo desalmada mierda 2.0;

amontonándola en el buzón de voz…

en la tarjeta mini SD…

en el disco duro…

 

almacenando…

contestando…

sin poder dormir…

sin poder vivir.

 

suena el móvil…

 

– Es por el dinero- se dice.

– Es por mi carrera profesional- se dice.

– Es por… por mí- se dice hierática intentando no vomitar con cada embiste de su corazón.

 

suena el móvil…

 

Cambiar de politono cada semana se ha convertido en una misión fundamental de su vida. Garth Brooks, el “Boss”, Cristina Aguilera, Metallica, Justin Bieber, Offspring… todo vale,

todo es lo mismo…

todo da igual.

 

Lo único verdaderamente importante es no olvidarse de sustituir cada canción por otra diferente cada pocos días o cada vez que el agobio supere los límites máximos permitidos por la Sociedad en Defensa de la Salud Mental (con sede en ginebra seca).

 

suena el móvil…

 

Los crujidos de la madera le impiden respirar; alguien debió dejar que se escapara el aire que se apila pútrido en el interior de los barcos. Se marea, igual que la nada que lleva varios minutos haciéndose la muerta…

de inanición.

 

Por un instante…

tan sólo por un instante…

 

todo parece tan lejano…

 

suena el móvil…

 

Mary proyecta toda su energía hacia su melena teñida que, catarateante hasta el infinito, se coloca en el modo “Proteger de todo mal”. Su pelo se empeña con fuerza en seguir pegado a su cabeza mientras sus manos sujetan con fuerza una operación que tiene pero que parece no tener fin.

 

La quietud de su testa contrasta con una mente cansada de rebotar locamente contra el suelo, exactamente igual que lo haría un balón de baloncesto en las manos de uno de los componentes de los Harlem Globetrotters.

 

suena el móvil…

 

– ¿Por qué estoy cayendo?- se pregunta mientras no deja de mirar sus pies y de pensar en qué momento perdió el rastro del conejo blanco.

 

¡Necesitas respirar! – le grito ansiosamente.

No me oye.

 

suena el móvil…

 

Se levanta del lienzo más usado del mundo y se mira en el espejo.

Error.

Se peina alocadamente con las manos.

Error.

Mira fijamente a la gilipollas que malvive al otro lado de la irrealidad.

Error.

Ojeras, arrugas, hiel, mierda…

mierda…

 

¡Mierda!

¡Que le corten la cabeza!

 

suena el móvil…

 

Apresurada, recoge un maletín negro que está junto a ella, sale del baño y trepa por las escaleras del barco. En su carrera de obstáculos esquiva a una señora, a su perro, a dos críos que juegan a indios y vaqueros, a un camarero, a su conciencia…

 

Llega a cubierta habiendo hecho una buena marca…

quizá, no suficiente para ir a las Olimpiadas…

pero buena.

 

suena el móvil…

 

La brisa del río le transporta a otros lugares y a otros tiempos.

 

Su graduación, la universidad, los trabajos de verano, las eternas horas fregando platos en el restaurante de su tío en Nueva Orleans, su primer amor…

su segundo, el tercero…

el quinto.

Aquellos dos que no fueron amor pero que aún se ruboriza al recordarlos…

su sola soledad actual…

su trabajo,

su soledad….

 

su soledad.

 

suena el móvil…

 

El atardecer secuestra sus sentidos; los pospone el tiempo justo para sobrevivir a otro empalagoso día de mierda. Mary mira al frente mientras el horizonte rebota en sus ojos de miel. A su espalda puede oír cómo la gran rueda que impulsa el barco rompe el río Missisipi con dulzura y lo propulsa hasta los confines de una realidad sobreexpuesta por una fumata negra.

 

suena el móvil…

 

– ¿A quién se le ocurriría organizar una reunión aquí?- piensa sin querer; y sin querer le abre la puerta de atrás a una sensación de dolor que ya no puede seguir pagando en cómodos plazos (por cortos, por urgentes).

Aprieta los molares.

Cierra los ojos…

un insufrible ardor de estómago le propina cien latigazos antes de darle una certera patada de un triple cinturón negro de Taekwondo.

 

suena el móvil…

 

Una pastilla.

La borda se aferra a sus manos.

Se da cuenta que no sólo va a disponer de la brisa del río para superar esto.

 

Piensa en cuando fue una becaria de mierda… pero, en cierto modo, anhela en cómo disfrutaba con las migajas que le tiraban, en su cuenta corriente de dos ceros, en el mundo gris de los señores serios.

Todo perenne; todo muerto.

 

suena el móvil…

 

Incluso, siente nostalgia de aquellos días en los que fregaba platos, limpiaba escaleras y cuidaba de niños para pagarse la carrera en la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago. “La orgullosa y pobre Mary” la llamaban sus compañeros. Y mira ahora;

todo perenne; todo muerto.

 

suena el móvil.

Contesta.

 

– Sí.

– ¿Estás en el barco?

– Sí.

– Lo llevas todo preparado.

– Sí.

– ¿Sabes que no tienes que nombrar lo de Philadelphia, no?

– Sí.

– ¿Sabes que el maletín que llevas no existe y que su contenido nada tiene que ver con la compañía, no?

– Sí.

– Bien, mándale un mensaje a mi secretaria cuando esté todo listo, ¿ok?

– Sí.

 

Cuelga.

Su jefe. El cabrón de su jefe. El que nunca llama a ninguno de los otros ejecutivos de la empresa antes de una reunión…

porque son hombres…

porque tienen un colgajo al que agarrarse para esconder sus inseguridades…

los malditos hombres.

 

Entra un mail: Te adjunto el informe de viabilidad medioambiental del proyecto en formato bonito. Tiene las últimas modificaciones. Archivo adjunto: infor_impacto.pdf

 

Pero ella es mujer… y rubia (al menos, rubia de paso). ¡Qué asco le da su jefe! ¡Qué asco le dan los hombres! ¡Qué asco le da su falso paternalismo y su sempiterna mirada de copulación retroactiva!

– ¡Dios sólo puede ser un hombre!- se grita en silencio al oído.

– Una mujer no la hubiera cagado tanto – se lamenta.

 

Entra un Whastapp: Acuérdate de no nombrar lo de Philadelphia  en la reunión, ¿ok? Esquiva el tema como sea necesario.

 

Y mientras la rueda sigue girando, su mente se suicida disparándose entre los ojos frases sin sentido, preguntas de las que ya conoce la respuesta.

– ¿Qué demonios hago?- se dice.

– ¿Dónde perdí el control de mi vida?- se dice.

– ¿Qué diablos…?- se calla.

 

Entra un aviso de Facebook: La página web de su empresa ha sido actualizada.

 

Rompe su introspección un grupo de niños famélicos que acaba de llegar al barco en una balsa. Viendo la facilidad que han tenido para abordar la nao, diría que son o piratas expertos con base en Isla Tortuga o viejos conocidos y consentidos del capitán.

 

Las ropas de los chavales son restos de una civilización extinta, sus manos son versos del viejo Baudelaire y sus ojos…

sus ojos…

sus ojos, vacíos de toda posesión, están texturizados con la paleta salvaje de la libertad.

 

Entra un Whatsapp: recuerda que tienes vía libre para utilizar el dinero que llevas en el maletín como consideres oportuno.

 

Los críos revolotean entre el pasaje (en su mayoría turistas) pidiéndoles la voluntad convertida en moneda de un dólar. Mary mira al frente y cierra los ojos. El dolor de estómago se ve acentuado por el tañer de unas campanas sonando por algún muerto desconocido.

Tin-ton, tin-ton, tin-ton…

tin-ton, tin-ton…

tin.ton…

tin…

 

Suena la alarma del móvil: cinco minutos para la Reunión.

 

Es la hora de hacer mal. Mary ha de ir a la sala de reuniones del barco y vencer las flojas voluntades de los presentes con lo que sea: dinero, un informe de impacto medioambiental de una Universidad a la que se la pagado para que diga que el mundo es tan maravilloso como un anuncio de compresas o su minifalda anti-última-neurona.

– ¿Fracking?- ¿qué más da?

– Urbanizaciones a pie de río- ¿qué más da?

– Sobre el río- ¿qué más da?

– Debajo del río- ¿qué más da?

– ¿Centrales eléctricas que producen cáncer?- ¿qué más da? Lo que sea que les haya tocado en desgracia aquí destrozará toda esta zona.

Quiero decir, perdón, que la hará más moderna, atraerá a más empresas y habrá mucho dinero para todos.

Y la empresa de Mary, simplemente, ha venido para solucionar esos pequeños problemas de visión que tienen algunos idealistas incultos.

Quiero decir, que destrozará esta zona.

Y su empresa, simplemente, ha venido para sobornar a todos los que sean necesarios, para conseguirles viajes, prostitutas, cocaína, cuentas en Suiza, Don Perignon…

 

Suena el teléfono.

Lo cuelga. Ya no hay tiempo.

 

Suena el dolor.

Lo cuelga. Ya no hay tiempo.

 

Mary cierra los ojos e inspira O2 profundamente. Repite la operación varias veces como si le fuera la vida en ello.

 

– Es por el dinero- se dice.

– Es por mi carrera profesional- se dice.

– Es por… por mí- se dice hierática intentando no vomitar cada embiste de su corazón.

 

El sonido de la rueda del barco sigue ahí, el atardecer sigue ahí, el comedor sigue ahí, los políticos siguen ahí, los garabatos de su pelo siguen ahí…

todo sigue ahí y le está esperando.

 

Entran varios mensajes de Whatsapp: no les mira.

 

En la oscuridad de sus párpados permanece en silencio, esperando el momento, recargando las baterías de sus pulmones. Alguien toca su mano y deposita algo en ella. Se le eriza todo el pelo del cuerpo.

 

Con cierto miedo, Mary abre los ojos…

nada.

Baja la mirada…

ve que su mano está agarrada por la pequeña garra de un niño.

Quita zoom a la imagen…

Identifica claramente al chaval como uno de las que acaba de subir al barco pidiendo dinero.

 

Inmóvil, mira con incredulidad…

el chico desparrama una sonrisa que abraza todo su campo de visión.

 

Mary se separa temblorosa y mira su mano…

hay un dólar en ella.

 

Suena la alarma. Ya es la hora.

 

– ¿Me has dado tú este dólar?

– Sí.

– ¿Por qué?- pregunta tartamudeando igual que cuando le primera vez que intervino en clase de Dirección Estratégica en la universidad..

– Porque usted necesita este dólar muchísimo más que yo – responde el niño.

– Creo que te equivocas; yo no tengo ningún problema de dinero – asevera maternalmente Mary.

– Se confunde señora; El dinero es para la gente que piensa que puede superar su tristeza con él; los que vivimos en este río no lo necesitamos tanto – apostilla dulcemente.

– Pero yo no estoy… – interviene timorata.

– Cualquiera que mire al interior de su cara se da cuenta de que no hay nadie más triste que usted en este barco – acuchilla el chaval.

 

Silencio.

 

Mary, tiene que sujetar las lágrimas con cemento armado. No puede evitar morderse el labio inferior.

Mira al niño.

Mira el dólar.

Mira al niño.

Mira el dólar.

 

La rueda del barco sigue girando, igual que lo hace el mundo, igual que lo está haciendo su cabeza… pase lo que pase…

girando…

por siempre (o, por lo menos, por el siempre que excluye la deforestación, la destrucción de los casquetes polares, el efecto invernadero, el Apocalipsis Zombie o la guerra nuclear santa).

 

En silencio, maletín en mano, Mary se encamina a la reunión. Cabizbaja, ojerosa, dolorida, robótica, destrozada…

vencida y desarmada.

 

Como por una iluminación, antes de tomar las escaleras que terminan en el piso inferior, alza la mirada. Allí se encuentra un cartel en el que pone: “Proud Mary” (orgullosa Mary).

El nombre del barco.

 

Orgullosa Mary.

¿Dónde quedó su orgullo?

 

Al bajar las escaleras, entre la cafetería y los baños, está situado un pequeño comedor que se puede alquilar a buen precio como sala de reuniones. Todo un templo de alquiler para todo tipo de celebraciones.

 

Mary toma aire. Dentro, encorbatados, atrincherados al otro lado de una mesa, le esperan varios hombres que apestan a sudor, a puro y a bourbon.

Se percatan de su presencia, le escanean; sonríen.

No sin dificultad, consigue retener los mil millones de vómitos que luchan por salir de su cuerpo agresivamente.

 

– Ya llegó la rubia – dice uno de ellos.

 

Les mira.

Le miran.

Una silla le espera.

Se sienta.

 

MARY: He traído una copia del informe de impacto ambiental. Como podrán observar no hay ningún problema con…

ENCORBATADO_1: Mira niña: nosotros hemos venido a lo que hemos venido. Tú has venido a lo que has venido. ¿Por qué vamos a perder el tiempo con un informe que todos sabemos que es falso?

ENCORBATADO_2: Aunque esperemos que no tan falso como el de Philadelphia.

ENCORBATADO_1: Bueno, si hacen que no tengamos que volver a trabajar tampoco me importa.

ENCORBATADO_2: También es verdad.

 

Las risas de todos los asistentes se esparcen como el humo de sus puros, como sus miradas lascivas, como el olor a sudor pegado a sus ropas.

 

Sólo tiene que mandar un whatsapp para que todos estos hombres reciban el agasajo de otros hombres que están esperando esta respuesta; para que tenga luz verde para entregarles el maletín que está junto a sus pies; para que un trocito más de su alma golpee las puertas del Infierno.

 

La orgullosa y pobre Mary piensa en su carrera, en las palabras del niño, en su jefe, en su tío, en la abuela del niño, en el río, en la rueda del barco, en la chimenea de humo, en los encorbatados, en que ya le toca cambiar la canción del móvil, en el cartel de Proud Mary

 

Se levanta; abre enreda con el teléfono; les mira.

Le sonríen.

Los sonríe.

Se sonríen.

 

Mary escribe unas letras en el teclado virtual del móvil durante unos segundos.

Les mira fugazmente.

Le miran atentamente.

Se miran inquisitivamente.

 

Enviar.

 

Mary sonríe.

Ellos sonríen.

Suena el móvil.

Mary sonríe.

Ellos sonríen.

Suena el móvil.

Mary Sonríe.

Ellos sonríen.

Suena el móvil.

Mary se levanta.

 

ENCORBATADO_1: Entonces, ¿ya está todo claro?

MARY: Clarísimo.

ENCORBATADO_2: ¿Y nuestra parte?

Mary sonríe.

Por primera vez en mucho tiempo…

cada célula de su cuerpo sonríe,

cada pedacito de su alma sonríe.

 

Deja el móvil sonando sobre la mesa, coge el maletín y se marcha.

A su espalda escucha el perturbador y ruidoso silencio que acompaña a la base rítmica del politono de esta semana.

Y ella sonríe.

 

Uno de los encorbatados se acerca al móvil.

Mary sonríe por las escaleras.

El encorbatado mira el último whatsapp enviado.

Mary sonríe por la cubierta.

El encorbatado lee en bajo el último whatsapp enviado.

Mary sonríe cuando llega junto al grupo de niños que subieron al barco y que están preparándose para volver a su balsa.

El encorbatado lee en voz alta el último whatsapp enviado.

 

Mary sonríe al chico que le dio la moneda.

MARY: ¿Me lleváis a tierra?

NIÑO: Sólo si se queda a cenar con mis amigos y mi familia.

MARY: Sólo si me aceptas un regalo.

NIÑO: ¡Vale!

MARY: Toma, para tus padres (le entrega el maletín negro).

NIÑO: ¿Qué es?

MARY: Algo que no existe y que yo ya no necesito.

 

Y, desde una balsa hecha con troncos mal cortados, rodeada por unos niños que perfectamente podrían ser extras de Los Miserables, Mary observa cómo se aleja un barco…

Missisipi abajo…

quemando sus cadenas en una vieja chimenea…

mientras una rueda de eterno retorno lo empuja hacia el olvido.

 

Última actualización del estado: Proud Mary.

Último whatsapp enviado: que os follen a todos.

 

Proud Mary

Left a good job in the city,
workin’ for the man ev’ry night and day
and I never lost one minute of sleepin’,
worryin’ ‘bout the way things might have been.

Cleaned a lot of plates in Memphis,
pumped a lot of pain down in New Orleans
but I never saw the good side of the city
‘til I hitched a ride on a river boat queen.

Big wheel keep on turnin’,
Proud Mary keep on burnin’.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river

If you come down to the river,
bet you gonna find some people who live;
you don’t have to worry ‘cause you have [if you got] no money,
people on the river are happy to give.

Big wheel keep on turnin’,
Proud Mary keep on burnin’.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river 

Rollin’, rollin’, rollin’ on the river.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river.
Rollin’, rollin’, rollin’ on the river.

John C. Fogerty.

 

http://www.youtube.com/watch?v=8iE2UOvKVT0

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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