¿Qué visitar en Cerdeña?: Alghero y Castelsardo (IV)

Día 4/6

Esta ha sido la última noche que paso en Alghero (la boda de unos amigos me reclama desde el interior de Cerdeña). Antes de recoger y de pagar lo que se debe, decido aprovechar el desayuno del Bed and Breakfast a conciencia. Sin duda, uno de los grandes placeres de esta vida es desayunar sin prisa, paladeando el paso del tiempo por entre tus dedos.

Alghero Cerdeña

Mi anfitriona me ofrece un café y se despide de mí con una enorme sonrisa. Me estoy acostumbrando a ellas por estas tierras. Parece que el sol no sólo broncea la piel sino también el alma de los sardos.

Llevo varios días disfrutando de los anocheceres de Alghero y de sus sueños. Sin embargo, ha llegado el momento de visitarlo de día. Revoloteo por las estrechas calles del casco viejo para sentir sus piedras, su muralla, sus torres de vigilancia, su puerto deportivo, sus gentes…

Entre alguno de mis pasos, descubro que tanto esta ciudad como la villa de Castelsardo (que visitaré casualmente hoy mismo) fueron fundadas en el siglo XII por la misma familia genovesa: los Doria, y que el nombre de la ciudad viene de la cantidad ingente de algas que había por la zona.

También veo que puedo comprar mis tan odiados souvenirs en casi cada esquina del casco viejo, que me duelen los tobillos por el suelo adoquinado, que estoy más moreno de lo que he estado nunca y que el ritmo de la vida no deberían marcarlo los relojes.

Alghero Cerdeña

A pesar de estar en una isla turística, en una ciudad turística, no siento esa masificación habitual de los lugares donde todos corremos de un lado a otros como borregos para hacernos la misma foto, para poder decir que hemos estado aquí o allá y para dejar nuestro estival muro de Facebook a mayor nivel que el de nuestros amigos. Me congratulo con mi suerte; no me gustan las aglomeraciones donde mil tipos con pantalones cortos, sandalias, gafas de sol y cámaras último modelo se esfuerzan por explicarles a sus parejas los últimos datos que vienen recogidos en su iPad 3G sobre cada curva del camino.

Esta tranquilidad, sin querer evitarlo, me transporta a otros tiempos, pasados y pausados tiempos. He de suponer que la mayoría de los turistas aún duermen o están en la playa… o ambas cosas. ¿Qué le voy a hacer si yo siempre he sido más de piedra que de arena?

Alghero Cerdeña

Tengo la sensación de haber estado ya en Alghero; quizá en otra vida fui un pirata sardo o quizá fui un ama de casa que tendía su ropa al lado de la catedral y gritaba “¡agua va!” cada vez que pasaba por debajo de mi casa el hidalgo que me había robado el corazón.

No lo sé, pero sólo tengo estas sensaciones en determinados lugares. Definitivamente, anoto en mi libreta que el casco viejo de esta ciudad merece la pena.

En una terraza del paseo marítimo decido tomar una coca-cola light. Tienen Wifi, así que vuelvo a la realidad por unos momentos. Desconecto el Wifi; las mismas mentiras, las mismas noticias y la misma tristeza existencial de los últimos años. Me ponen unas tapas con las que casi hubiera comido. Me vuelven a despedir con una sonrisa. Por primera vez no me han ofrecido beber un café. El mundo está cambiando.

Hechas las compras, hechas las fotos y hechos los recuerdos llega el momento de partir. Me subo al Fiat Panda alquilado que tan bien se está portando y me dirijo hacia Castelsardo. Elijo el camino que va por Porto Torres para luego seguir la carretera de la costa. ¡Vámonos para el norte!

No hay casi tráfico. Hasta Porto Torres son unos 35 kilómetros. Aunque hay alguna cosa que ver, lo más importante de esta ciudad es el tráfico de ferrys que conectan este puerto con diferentes partes del Mediterráneo.

Cuando intento echar gasolina termino tirándome la mitad por encima. Vacilo si aprovechar la coyuntura para quemarme a lo bonzo por alguna causa noble. Decido finalmente proseguir el viaje como la oveja que soy.

La carretera hasta Castelsardo es bonita. El cielo es azul-azul y las pequeñas calas se multiplican ante mis ojos. Sin embargo, tras una serie de curvas enlazadas, tercera a ras, me encuentro algo que me impresiona de verdad.

Castelsardo es, sin duda, una de los lugares más espectaculares que yo he visto en Cerdeña. Dominado por su castillo, el pueblo crece alrededor de un monte. Mal lugar para usar la bicicleta. Las cuestas son, en fin… de esas en las que tienes que usar los frenos para no irte para atrás cuando subes.

Lo primero que hago es comer junto a la playa en un sitio de bocadillos llamado Mediterranium. Tanto el bocadillo como la ensalada que ingiero están razonablemente buenos; sin embargo, lo mejor es la música rock sesentera que suena y su dueño… un tipo muy majo. Hablamos de fútbol, de cómo ha afectado la crisis al turismo, del caldo (calor) y de los italianos del continente.

– Los turistas italianos cogen el coche hasta para ir a la playa – me dice criticón mientras observamos las maravillosas vistas que hay desde su terraza.

Castelsardo Cerdeña

Es un momento muy agradable. No me atrevo a salir de las sombras, asíq ue para alargar mi descanso, acepto un café y un limocelo (que es un licor típico italiano obtenido a base de limón). A los pocos minutos, pago y me despido.

– ¿Se puede subir andando al castillo? – le pregunto dubitativo.

– Yo iría en coche – me contesta con seguridad.

– ¿Eres de Milán? – bromeo mientras hago una reverencia y comenzamos a reír.

A los cinco minutos de haber iniciado la ascensión al castillo, con el sol disparándome a quemarropa a la nuca, me doy cuenta que quizá debería haber subido en coche.

– ¡Qué fanfarrón soy a veces! – me digo resignado, recordando cada uno de esos momentos que han conformado mi personalidad rebelde.

Peldaño a peldaño, curva a curva, llego al castillo. La entrada cuesta dos euros. El museo es muy flojito (bastante flojito)… pero las vistas… Aysss las vistas… a izquierda…

Castelsardo Cerdeña

o a derecha… maravilloso placer permitido…

Castelsardo Cerdeña

Como aún tengo tiempo, decido bajar por el otro lado del monte. Y acierto de pleno. Está parte del pueblo quizá sea la más bonita; la caracterizan su pulcritud y unos cuidados detalles que parecen planificados por decoradores profesionales; quizá lo estén.

Una maravilla. Además, En Castelsardo, se puede visitar la roccia dell’Elefante y la cattedrale di Sant’Antonio Abate. Anoto en mi libreta que es un verdadero acierto haber venido hasta aquí. Compro un marca páginas para una amiga porque los colecciona. Me subo al horno-coche con una sonrisa. Estos son la clase de lugares que te hacen creer en el turismo.

Sé que mi siguiente etapa de este viaje va a ser muy diferente, así que me doy prisa. Como es habitual, muy poca gente en la carretera… afortunadamente. Tras confundirme en una salida por intentar se más listo que el GPS, conduzco hasta Sássari y, de ahí, tomo la autovía hasta Macomer, donde salgo por la desviación hacia Nuoro. Sin más incidentes, atravioso Ottana (conocido por sus máscaras y su carnaval) y llego a Gavoi y al lago Gusana (que es donde está mi hotel).

El paisaje ha cambiado. Está anocheciendo y hace fresco. He de sacar por primera vez mi sudadera de la maleta.

Ottana Cerdeña

Mañana me espera la boda de unos amigos y, pasado mañana, el retorno a la realidad de Bruselas; la fría e institucional Bruselas.

Buenas noches a tod@s.

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Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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