¿Qué visitar en Cerdeña?: la costa oeste, Bosa y Tharros (III)

Día 3/6

El calor hace que me despierte muy pronto esta mañana. Leo algunos capítulos del libro que estoy leyendo («Joe Golem y la ciudad sumergida» de Mike Mignola y Christopher Golden) y desayuno como los hombres de campo. aprovecho el café para repasar en la cámara las fotos de los últimos días. Me vienen a la memoria el anochecer en Alghero y las playas del capo del Falcone. Estoy en un pequeño paraíso.

Termino de desayunar, es jueves, sigo midiendo 1,90 y estoy sin roaming. El mundo da vueltas a la misma velocidad de siempre y todas mis esperanzas de ser alguien especial murieron el día que leí El Romancero Gitano de García Lorca. Es hora de continuar cabalgando.

A pesar de las curvas, me han dicho que la carretera de la costa que va hasta Bosa es una preciosidad. Así que me pongo en marcha. La carretera efectivamente es una preciosidad. Además, todas las nubes están escondidas detrás de un inmenso cielo azul que ha tenido la decencia de posar para mí abrazándose a este mar tranquilo.

Alghero Cerdeña– Podría sacar mil fotos sin apuntar y cada una de ellas sería más bella que la anterior – pienso mientras casi me como una moto que viene adelantando por raya continua.

La carretera sube y baja y sube y baja y serpentea y baja y sube y los sardos me adelantan y se me cruzan como si no hubiera mañana. En general, y afortunadamente, no hay mucho tráfico en la isla, así que reduzco la velocidad y que sea lo que Júpiter quiera.

Estas carreteras están plagadas de lugares para descansar y para tomar fotos; eso sí, tened cuidado porque desde cualquiera de ellos se os pueden hacer los ojos agua.

Alghero CerdeñaTardo casi una hora en llegar a Bosa. Tengo un gran mareo. Bajarme del coche me va a venir muy bien. Compruebo empíricamente que los sardos cuando van andando no te adelantan ni se te cruzan ni hacen cosas raras por las aceras.

Bosa no es un pueblo muy grande pero sí que tiene varias cosas que ver: su gran playa, su torre de vigilancia, su castillo, su paseo marítimo, su puerto deportivo… ¿por dónde empezar? Me paro en un chiringuito a tomarme una coca-cola light.

– Es un buen principio – me digo triunfante.

Tras descansar unos minutos, paseo sin prisa por la villa. Es una delicia. Aún no hace mucho calor y yo estoy bastante fresco. La brisa, el mar, la playa… todo está muy tranquilo y en muy buen estado.

Bosa Cerdeña

 

Tardo una hora en despachar los rincones más importantes de Bosa. En cada minuto de ese tiempo le castello Malaspina me contempla impertérrito desde lo alto de una loma.

– Le tengo que sacar una foto – más tarde me asevero.

Termino de visitar este pueblito y decido que es el momento de ir a sacarle una foto al castillo. Subo al coche, me aso como un pollo en un nanosegundo, sudo, bebo agua -¡qué asco! – está caliente, enciendo el aire acondicionado, arranco el motor y huyo del pueblo.

A los 20 kilómetros me doy cuenta que se me ha olvidado sacarle una foto al castillo. Maldigo las noches calimocheras de mi adolescencia y las neuronas perdidas en el Río de la Pila de Santander y continúo camino… dirección sur.

La carretera se aparta de la costa y se vuelve más rural. Cruzo un par de veces las vías del tren y creo que voy a ser atropellado en ambas: no hay visibilidad ninguna.

– Susto o muerte.

Los kilómetros caen y, tras dejar atrás Cornus, la carretera se vuelve recta. Grandes rectas que me hacen la conducción mucho más fácil. Me siento como el joven Brad Pitt acompañando a Thema y Louise por las carreteras secundarias de los EEUU.

Sé que tengo que tengo que desviarme antes de llegar a Riola Sardo. Súbitamente, el GPS me juega una mala pasada (o, quizá, soy yo el que se la juega al GPS) y tengo la sensación de que he tomado una desviación que no es la correcta. Me bajo a preguntarle a un hombre mayor, con barba de 6 días y cara de estar hasta la vuelta de todo; tiene a la venta sandías junto a la carretera. No le compro ninguna.

Con el afán de entendernos, ambos terminamos hablando una lengua que bien podría ser la de Mordor (que no pronunciaré aquí). Por sus gestos descubro que he de tomar la siguiente salida y girar a la derecha. Me he confundido, así que retrocedo y giro hacia el capo di San Marco. El cartel que debéis seguir es el de San Giovanni Sinis.

Unos 8 kilómetros después llegó a mi destino: La ciudad de Tharros. Reconozco que estoy emocionado. ¡Fundada por los fenicios en el siglo VIII a.C! A pesar de que mi hambre cultural es poderosa mi hambre física lo es más. Decido comer antes de que las bajas colaterales sean demasiadas. Hay tres chiringuitos en las inmediaciones, elijo el del medio. Como un Bocadillo de salami y queso y una ensalada. Está bueno, es barato.

He recuperado las fuerzas necesarias para acometer la visita. Son 7 euros por persona. Los pago con gusto.

– Hay que mantener todo esto y seguir investigando – ¿qué mejor sitio para invertir mi dinero?

La guía sólo habla italiano; es normal, tardamos cerca de una hora en la visita. Se la entiende perfectamente, menos cuando se embala. La explicación es de cinco estrellas. Mi mente viaja en la banda sonora de sus palabras a la colonización fenicia, a la conquista romana, a los cartagineses, a los piratas, al abandono de la ciudad, a la utilización de sus piedras para construir casas en otros lugares, a la construcción de la torre de vigilancia de San Giovanni.

 

Ciudad muerta… pero ciudad eterna (si es que la crisis no deja sin fondos a los arqueólogos, claro). La guía me cuenta que para pedir dinero al Ministerio, en su tiempo, tuvieron que reconstruir las dos columnas (que son más falsas que los decorados de la serie «Hércules») y sacarles una foto con el mar de fondo. Es lo malo de tener que convencer a políticos que nada saben de historia, bueno, eso, y que Italia es un país donde estornudas y descubres un anfiteatro romano: hay que priorizar siempre.

Tras la visita, entro en el bar del recinto; me bebo una botella de agua de litro y medio como los hombres de Pancho Villa bebían tequila y descanso durante unos minutos. Me lo he ganado.

Aunque no soy playero… en este sitio… en fin… lavado y secado exprés.

Es hora de iniciar el trayecto de vuelta hacia Alghero. Quedan cerca de dos horas de trayecto. Decido que no voy a volver por la carretera de la costa; demasiadas curvas para un tipo de moral recta como yo. La mejor opción es tomar la carretera que va a Cabras, seguir hasta Oristano y allí tomar la autovía que llega a Sássari. De allí a Alghero son sólo 30 kilómetros.

Pocos coches y poca señalización en la autovía. Se va muy cómodo. A izquierda y derecha veo de vez en cuando algunas ruinas de los primeros pobladores de la isla: los nuraghi.

– ¡Tan increíble y tan cabrón – me digo mientras pienso en el Ser Humano. Tharros y su magia me han hechizado.

De repente me encuentro con algo que me deja KO. En mitad de la autovía, a lo largo de unos cuántos kilómetros, hay camiones parados vendiendo fruta. Sinceramente, no sé cuál será el índice de muertos en las carreteras de la isla, pero que haya tantas iglesias debe de servir para algo.Cerdeña

LLego a Alghero. Me ducho y me voy a cenar. En esta ocasión quiero probar los suculentos manjares marinos de Cerdeña. Descubro con tristeza que no hay sirenas.

Vuelvo al casco viejo, al paseo de la muralla que está junto al mar. Elijo el restaurante Angedras; viene en la guía. El metre me dice que tengo que esperar 15 minutos pero que si quiero sentarme en la terraza del bar de al lado él me viene a buscar. Sigo su consejo. Como no había la cerveza que yo quería, no me preguntéis por qué me tomo un mojito.

Me siento en la mesa bastante feliz. El mundo es maravilloso, la crisis ha terminado y las bronceadas chicas que pasan sonrientes se sienten atraídas por mí. Creo que el mojito estaba demasiado cargado.

Para cenar, pido una típica selección de productos de mar, filete de atún a la plancha (dudé mucho entre el atún y el pez espada), todo ello aderezado con vino blanco sardo. Sin ser una gran cantidad, la comida está muy buena. La presentación y el servicio, perfectos. Las vistas… a la mar salada.

Me voy a dormir. Mañana toca mucho kilometraje. Mi intención es visitar Alghero de día, llegar hasta Castelsardo y abandonar la costa para dormir en el interior, en Gavoi.

Buenas noches.

Día 1

Día 2

Día 3

Día 4

Días 5 y 6

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

1 Comentario

  1. La foto del vendedor de sandias me teletransporta a mi niñez. Esas caravanas hacia la playas de Chiclana…esas sandias y melones calientes bajo el sol, esos vendedores morenos poniendo el material por el filo de la carretera..

Responder a vilmamw Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.