¿Qué visitar en Cerdeña?: Alghero (I)

Día 1/6

Vuelo a Alghero (Cerdeña) desde Madrid. Tardo menos de 2 horas.

A parte de las habituales colas para entrar en los aviones de Ryanair (cuando no pagas el extra de la prioridad de embarque), el viaje no tiene más complicación que un “ventolado” aterrizaje que me hace recordar en más de una ocasión que polvo soy y en polvo me convertiré.

Ya estoy en Italia.

Lo primero que me choca del aeropuerto de Alghero es que para recorrer los escasos 50 metros que separan el avión de la terminal nos hacen meternos en un autobús: es decir, tardamos diez veces más en meternos en el bus, rodar 50 metros y bajarnos que en lo que hubiéramos tardado marchando de rodillas con un paso de Semana Santa apoyado en los hombros y haciendo curvas.

– Será costumbre local- pienso mientras el calor va apoderándose de mi cuerpo.

No me gusta nada facturar maleta; los indios cherokees no necesitamos tanta ropa. Con la maleta de mano nos vale. Sin embargo, en esta ocasión (estoy invitado a una boda en el interior de la isla) temo por el traje y por mi imagen pública internacional si no lo hago; no tengo otra alternativa. Afortunadamente, mi maleta es la primera en salir por la cinta transportadora. Seguramente me echa de menos… seguramente tenía miedo del roce de tanta maleta extraña. Es muy tímida.

Con ella en la mano me dirijo a recoger mi coche de alquiler. Para sorpresa mía, mientras las colas de la mayoría de las empresas son bastante asequibles, la de Europcar es kilométrica.

– Pues alquila el vehículo en otra.

– Me adelanté a hacerlo por Internet para evitar sorpresas- me afirmo “introspectivamente” mientras me resigno a una nueva espera.

Al final, más de una hora de cola se suman al tiempo de espera para recoger la maleta, a la cola para subir del avión en Madrid, a la cola para facturar la maleta y otras tres o cuatro colas más que prefiero olvidar.

Estoy cansado.

Para colmo, después de terminar el papeleo, descubro que el Peugeot que había reservado on-line se ha convertido en un  Fiat Panda. Por lo menos huele a nuevo. ¿Qué le vamos a hacer? La magia sutil de la Tierra Media es así.

Coloco el GPS (más tarde descubriré que no está completamente actualizado) y me dispongo a partir hacia mi alquilada morada.

En unos 20 minutos llego a un B&B (Bed and Breakfast) de nombre “Butterfly”. El sitio está bastante bien. Un poco alejado de la parte turística de Alghero pero muy tranquilo. Habitación grande, baño, aire acondicionado y derecho a cocina. Además, dispone de un jardín bastante grande con tumbonas para poder relajarte totalmente. Eso sí, el viajero deberá tener cuidado con los vampíricos mosquitos que por allí moran.

Butterfly Alghero Cerdeña

Un chica muy maja me explica todo lo que necesito saber. Toma mis datos y me ofrece el primer expreso de la tarde. Son las 19,30.

– ¿Un café ahora? No gracias.

Tras dejar claro que mi italiano sigue firmemente aferrado a su infancia cojo el coche otra vez y me dispongo a llegar hasta la costa. Empieza anochecer.

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Unas despistadas nubes se pasean por delante del sol dejando un paisaje espectacular ante mis ojos que estas fotos no son capaces de reflejar. Por fin, el viaje empieza a cobrar sentido.

Para llegar hasta el casco antiguo he de atravesar parte de la ciudad. Todo lo que no es histórico es bastante feo (con perdón); sin embargo, el casco antiguo… es sencillamente un deleite visual. Y con está luz… mágico.

En la vía Garibaldi, el viajero podrá encontrar un Parking gratuito. Casi, casi a pie de playa. Lugar ideal para dejar mi Fiat Panda.

Estoy seguro de que la brisa marina me salva de morir deshidratado; es el momento de tomar una cerveza de la región. Me paro en la propia vía Garibaldi. No importa el sitio. Súbitamente, me ofrecen otro café. Rehúso. Tomo una “Ichnusa”. Está bien.

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Quiero cenar mirando al mar y hay varias opciones posibles (quizá demasiadas). No sé cuál elegir. Intento sentarme en la terraza de un restaurante que se llama “Miques de Mirall”. Me ven las pintas playeras que llevo y no me dejan sentarme en la línea más cercana al mar. Debe ser una zona VIP. Me llevan a la segunda fila. Estoy demasiado cansado para protestar. ¿Qué más da? Tan solo quiero comer.

Nada más sentarme me ofrecen otro café. Les digo que “tururú”.

Leo la carta. Me fijo en que te cobran dos euros por el cubierto, por el mero hecho de sentarte, me extraño (más tarde descubriré que es habitual en la isla). Pido Coca-cola light, una pizza “caprichosa” y un plato de quesos sardos. Todo bastante bueno. La pizza con las masa muy fina, los quesos… ¡ay los quesos!

Termino de cenar. Estoy reventado. Las viandas han sido demasiado copiosas, incluso para un bravío marinero norteño como yo. Intento pedir una infusión. El camarero se me queda mirando como las vacas al tren.

– ¿No prefiere usted un café?

– No, quiero una infusión.

– Voy a preguntar a ver si hay.

Y en fin,  aún estoy esperando a que vuelva con ella.

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Paseo por las calles de Alghero. Están todas las tiendas abiertas. ¡Pero si son las 10 de la noche! Hay un ambientazo. Los carteles de las calles están en catalán, lo cual hace mucho más cercano el ambiente de lo que me podía esperar.

Antes de que me inviten a otro café decido irme al B&B a dormir. Mañana será un día duro. Quiero ir al Capo Caccia, visitar la gruta de Neptuno, ir al Capo del Falcone y a sus playas y, si me queda tiempo, llegar hasta Sassari.

Cerdeña promete.

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Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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