El mercado de Navidad de Bruselas

La verdad es que hay ciudades que podrían utilizar la banda sonora del frío para borrar de sus calles a la más sorda de todas las plagas: el ser humano. Y es que el frío que asola determinados lugares del planeta no permite llevar una vida del todo “normal”. Los resbalones debidos a los charcos de lluvia que se han congelado por la soledad de sus noches, la nieve caída en combate, la temperatura robada de los termómetros… todo parece escupirnos a la cara un “¿qué diablos pintáis aquí? Esta es tierra de osos polares y de pingüinos; de carámbanos de hambre y de congelado espino”.

Y sin embargo, nuestra historia se basa en ir aclimatándonos a lo “inclimatable” y en ir buscando nuevos retos que demuestren lo cabezones que somos. Todo, dicho sea de paso, con un resultado de exquisita infinitud.

A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, Bruselas es una ciudad que me gusta mucho. Lo que pasa es que uno tiene ya la edad en la que piensa que todo es una mierda y en la que la razón parece ser patrimonio universal de uno mismo. Si por lo menos fuera verdad…

Lo único cierto, hasta donde puede ser cierta esta realidad, es que anoche, con una sensación térmica de -6 grados centígrados, me fui a visitar el mercado de Navidad de esta ciudad.

Sin lluvia, sin nieve, sin viento… pero con el heróico pasaporte de los sureños que intentan vencer la tentación antisocial de quedarse pegado a la calefacción.

Si exceptuamos el de Santander (si se le puede llamar mercado de Navidad al de la capital de Cantabria sin insultar a los de Centroeuropa), sólo había estado en el de Niza. Y, aún reconociendo su belleza, reconozco que es difícil encontrar el espíritu navideño en mangas de camisa.

Total, que me abrigué como aquel viejo soldado soviético que hace guardia en la torre de vigilancia de un gulaj siberiano, y me acerqué hasta el centro de la ciudad.

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Rompió mi caminar un faro teñido de un color poco habitual para los faros de interior. Habitualmente suelen ser rosas fluorescentes y de alumbrado intermitente… así que decidí investigar. Mientras avanzaba timorato iba pensando qué es lo que me podría encontrar. Descarté rápidamente el resultado de unos “grafiteros” o de algún grupo antisistema por la imposibilidad técnica de la acción. También descarté una invasión alienígena por cuestión de probabilidades: ya tenemos suficientes marcianos en el Gobierno.

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Cuando por fin arribé a la Grand Place, cuan barco fantasma que sale de la niebla, me encontré con la vida abriéndose paso por uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida. Los gigantes de piedras se movían y bailaban al ritmo de la música mientras la estrellada cúpula de la noche miraba a las infelices hormigas con cierta ternura. Todo un gran espectáculo “plurisensorial”… bueno… todo un gran espectáculo si exceptuamos al “megachupi” y “megacaro” y “megaodiado” pseudoárbol de Navidad que les ha dado por poner este año. Que será ecológico, sí, pero también una “megamierda”.

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También pude observar la fuerza de las palabras de Benedicto XVI en el nacimiento: dos animales más al paro.

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Con mis pies, mis manos, mi nariz y mi alma congelados decidí que lo mejor era avanzar hacia San Catherine y probar uno de esos vinos calientes que tanta fama tienen. No defraudó. Conseguí subir mi temperatura corporal y, de paso, la espiritual de un solo trago.

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Quizá por ser sábado, por ser hora de cenar, por la tradición o por que había anunciado en Twitter que iba a pasarme por allí (tirurirutiruriru) pude observar un gran ambiente en uno de los lugares con más encanto de Bruselas. Las luces daban vida a la oscuridad y multitud de puestos te permitían comprar ropa de invierno, zapatos, camisetas, joyeros, bufandas, adornos para el árbol… y, claro está, comida: queso, ostras con champagne, salchichas con cerveza, kebab, churros… casi lo que sea

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No puedo negar que me gustó mucho, a pesar del frío. Buen ambiente, patinaje sobre hielo, una noria a la que tienes que subir con 100 abrigos, gorros de los Angry Birds y un buen puñado de cosas para comer y beber.

Está claro que los seres humanos necesitamos que nos rompan en la cabeza nuestra monotonía: por mucho que lo niegue, hasta el más asceta de los ascetas puede disfrutar con los demás.

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Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

3 Comentarios

  1. Fantástico como siempre,el fantasma del vino te acompañaba.Unos amigos que viven en San Nicolas me comentaron que en Gante también se montan unas buenas fiestas.

  2. Majas las fotos, simpático el video y agradable el texto explicativo.
    Un sobrino informático estuvo ahí año y medio, aunque le habían contratado por 6 meses. Lo peor para él era la falta de sol, era peor que la comida. Ahora está en Dublín y se queja de lo mismo, la comida y el clima. España, teníamos lo mejor y….. ¿quedará algo?

  3. Con tus (permiteme que te tutee) crónicas estás consiguiendo que haga todo el turismo virtual que me permite este medio. Entre ahorros por entradas de cine y viajes de turismo, no se que voy a hacer son todo el ahorro. Bueno sí, se me ocurre que en cuanto pueda lo mejor será conocerlo de primer mano y visitar Bruselas en esta época del año. Gracias por tus crónicas.

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