La venganza del inspector Clouseau

La comida “temático-creativa” es una rama del arte culinario no suficientemente explotada en la mayoría del los restaurantes de este planeta. Lejos de buscar nuevos horizontes o de intentar agradar a su público, el mundo de la hostelería se choca mil millones de veces contra las mismas paredes de titanio.

Los mismos nombres para los mismos platos (tipo “filete con patatas”) se repiten eternamente en las cartas ante el hartazgo generalizado de una sociedad que vive narcotizada y que, en su subconsciente, está demandando cambios en la organización de los Estado-Nación y, sobretodo, en los pedazos de vida que se llevan a la boca.

Por este motivo, uno de los más grandes creativos de la cocina experimental (a la sazón, el experto descongelador que les habla) hace tiempo que descubrió una… umm… ¿exquisita es la palabra? ¡Puede ser! Una exquisita receta que es todo un estandarte de la polivalencia alimenticia. Este novedoso plato puede servirse como aperitivo, como entrante, como plato principal o como postre. Su duende está por encima de las triviales etiquetas humanas.

No puedo negar, que me encontré con esta receta en una tarde de lunes, trabajando (trabajar: algo que se hacía en el siglo XX y por lo que te pagaban un salario). En aquel momento yo estaba en la nómina de CSI París. Ya sabéis, nada de vida privada. Era una labor apasionante pero, desde luego, muy absorbente.  Todo el día inmerso en eternos casos como el de tráfico de “croissantes” ilegales, el de la señora que murió atragantada porque a un español se ocurrió echar patatas de Valderredible a las tortillas francesas o aquel del cargamento desaparecido de postales de la torre inclinada de Eiffel … supongo que os haréis una idea.

Pues bien, un 15 de julio, el día después de la fiesta nacional francesa y con una resaca de narices por culpa del Pinaud, me encontraba inmerso en un caso de una persona que había comprado un CD de música. No sé si os acordaréis…  toda la prensa internacional se hizo eco de aquel sospechoso acto.

Durante aquella investigación conocí al inspector Clouseau. Ya sabéis, ése incansable agente de la ley de sombrero alto, de lupa enorme, de nariz prominente, de gabardina eterna, de “gefinado asentou fgansés” y de un inconfundible bigote. Un tipo riguroso, serio y, sobretodo, profesional.

A Clouseau no le avalaban los récords de detenciones, o de multas, o de nada… era un agente normal que con una orgullosa simpleza resolvía gran cantidad de casos. Quizá era lento, sí… pero seguro.

Nada más conocerme dijo:

 

– Oh mon ami.

Y la verdad es que aquellas palabras encontraron fácilmente mi corazón.

 

Al acabar el turno nos fuimos a cenar. Lo típico parisino: unos croissantes a la gallega (con sus cachelos y todo). Hablamos del trabajo, de Ava Gadner, de los Picapiedra, del Paris Sant Germain… hasta que, durante la tercera botella de Burdeos, me comentó lo desconsolado que estaba.

 

– ¿Por qué?

– Porque mi vida ya no tiene sentido.

– Pero si usted está haciendo feliz a mucha gente en esta ciudad.

– Pero ya no me quedan retos.

– ¿Y el caso en el que estamos?

– Menudencias.

– No lo entiendo.

 

Clouseau comenzó a relatarme cómo había ido atrapando a todos los “malos” que se habían cruzado por su camino y cómo había sido feliz mientras lo hacía. Monotonía laboral. Sin embargo, su rictus cambió cuando habló de su más poderoso enemigo.

Una chica llamada Pantera Rosa

.

El inspector se había pasado media vida intentando meterla en la cárcel: siempre sin éxito. Aseguró que es “una ladrona de guate blanco y una sonrisa que podría destruir al más católico y casado de los hombres… y por lo menos al 80% de las mujeres… y al 20% de las monjas”.

 

– ¿No la has atrapado?

– No.

– ¿Jamás?

– No.

Miró al frente y el mundo se paro unos 45 minutos. Sin dejar de mirarme agachó la cabeza y su voz se tornó en un timbre digno del rey de los infiernos.

 

– Pero he hecho algo que terminará con ella.

– ¿Qué?

– Algo definitivo.

– Pero… no entiendo.

– La Pantera Rosa es muy golosa.

– Ya el Perro Azulado muy salado.

 

Ante mi gran chiste la tensión se disipó. Ambos reímos, bebimos unos cuantos Burdeos más y me confesó que se había saltado las normas para atrapar a aquella “villana”. Había enviado un plato muy especial a su enemiga. Una receta “pantepófoga” y que, además, si se come caliente es ya bastante rara, pero que si se deja enfriar…

 

– Si se deja enfriar… es mortal.

– ¿No?

– ¡Sí!

– ¿Y cómo se llama dicha receta?

– La Venganza del inspector Clouseau.

– ¿Y qué es lo que lleva? ¿Cianuro con arsénico?

– Amigo mío, mi vida ya no tiene sentido. No he podido cumplir mi trabajo y atraparla con la ley en la mano. Y, lo peor, es que con mi venganza, ya no lo podré hacer nunca.

 

El inspector, con lágrimas en los ojos, metió la mano en su gabardina, apartó su gran lupa y sacó un papel manuscrito. Me lo ofreció con su temblorosa mano y se fue al baño diciéndome: “Voy al baño”. Y nunca más le volví a ver.

 

En aquel papel estaba escrito lo siguiente…

 

Ingredientes:

– 8 panteras rosas (el pastelito).

– Un puñado de cacahuetes (depende el puño pero si tienes la mano grande puede valer).

– Unas cebolletas (unos 243,456734 gramos).

–  8 rebanadas de pan Bimbé (se puede hacer con otros panes pero los franceses son muy especialitos para esto).

 

Utensilios:

– Una cazuelilla a la que no tengas mucho aprecio.

– Un cuchillo que corte.

– Un plato pequeño con dibujos de Walt Disney.

– Una tablilla de plástico para que tu mujer no te mate si rayas la encimera.

– Un mortero de los de machacar alimentos, no de los que tiran proyectiles explosivos.

– Un delantal de Star Wars.

– Una bandeja.

– Un CD de Whitesnake.

 

Modo de preparación:

1. Se pone el CD de Whitesnake.

2. Se ponen poses como si estuvieras cantando en falsete las canciones del CD.

3. Se coge el cuchillo por el mango. Lo que corta, generalmente la parte metálica se aleja de uno.

4. Se desprende el chocolate rosa (o lo que Dios quiera que sea eso) y se coloca en un plato pequeño con dibujos de Walt Disney.

5. Se introduce el puñado de cacahuetes en el mortero.

6. Se machaca el fruto seco hasta reducirlo a polvo. Con odio. Sin pausa.

7. Las cenizas de los pobres cacahuetes se incorporan a al plato pequeño con dibujos de Walt Disney.

8.  Se colocan las cebolletas en la tablilla de plástico.

9. Se cortan exactamente a la mitad. Es muy importante que sea a la mitad por un rollo de Zen Sui que tiene esta receta.

10. Se tuesta un poco la rebanada de pan. ¡Un poco! Que nos conocemos…

11. Se colocan dos cebolletas sobre cada una de las 8 rebanadas de pan. Nota para los de letras: 2 cebolletas = 4 mitades de cebolleta).

12. Los trozos de ¿chocolate? que habíamos desprendido en el punto 4 y que ahora mismo comparten la cama del plato pequeño con dibujos de Walt Disney con las cenizas de cacahuete se vierten en la cazuela a la que no tenemos mucho aprecio.

13. Se calienta a fuego lento hasta que el ¿chocolate? se derrite ofreciendo al cocinera un maravilloso paisaje onírico.

14. Sin dilación, es recomendable verter este nuevo universo sensorial sobre cada una de las tostadas.

15. Se colocan las tostadas en la bandeja anárquicamente ordenadas y… ¡Voilà! La Venganza del Inspector Clouseau estará servida.

 

Yo sólo la he puesto una vez en práctica y lo cierto es que no nos mató y nos reímos mucho… pero desaconsejo su uso en bodas, bautizos y comuniones.

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Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

7 Comentarios

  1. Y cuando escribo «eclesiásticos» (faltaban las comillas) me refiero a los que pastorean las reses socialistas que no los otros, los de recia obediencia vaticana, como se pudiera pensar…»Los socialistas -escribe con ironía el periodista- han perdido la esperanza de cambiar España hasta que no la conozca la madre que la parió, y ya piden convertir las iglesias en comedores sociales. Es la única manera de llevar a la clase obrera al paraiso».
    Y como, hablando de crisis, citaba yo también a las farmacias, en paro masivo ayer en Cataluña, hay que decir que esta comunidad autónoma ha recibido 1.039 millones de los 5.433 millones de euros que el Gobierno aprobó para apoyarla. Y recibirá otros 500 millones antes de acabar octubre. ¿Cómo es posible que recibiendo prestados el Govern catalán unos 60 millones diarios, las farmacias presionen para que se salden los 180 millones de deuda? Jordi Cañas, de Ciutadans, preguntaba ¿Dónde está la pasta?. Parece que hay otras prioridades. Historias de la crisis.
    Un saludo. P.

  2. Historias de una crisis, Hablando de comer:
    1) El millonario de Zara/inditex le suelta 20 millones de euros del ala a Cáritas.
    2) Deliciosa columna de Raul del Pozo. «Amor y Huevos» es el titulo de su columna de hoy en EL MUNDO. Escribe el periodista de la crisis y de algunas de sus consecuencias sociales y sugiere con gracejo infinito que los eclesiásticos ya están pensando en instalar en las iglesias los comedores sociales, hoy abarrotados, para aprovechar y tratar de llevar a la clase obrera al Paraiso. Hablando de religión y poderes… ¿Y lo de Dumas? Cuenta que cuando el autor de «Los Tres Mosqueteros» llegó a España pidió unos huevos pasados por agua. La «restauradora» le preguntó si los quería de seglar o de fraile. Dumas se interesó por la diferencia. La respuesta no se hizo esperar; los de fraile son tres huevos; los de seglar, dos. (Hay que leer la columna en su integridad porque los buenos artículos no se pueden resumir)
    3) Me cuenta un buen amigo casi arruinado, con su economía prácticamente intervenida y humillado casi a diario incluso por los que dicen amarle mucho, que debería haber recibido ayer jueves un lote de productos originarios del Mar Cantábrico incluyendo algunos envases de exquisitas anchoas de Santoña. A determinada hora del día apareció una furgoneta con el pedido. Mi amigo la recibió casi en la misma puerta de su casa. El transportista estacionó el vehículo, se bajó de él, abrió el portón, buscó el paquete…y no lo encontró. Mi amigo, que vive en las llamadas quimbambas por razones de fuerza mayor (liquidez), respiró aliviado aunque triste. Si hubiera satisfecho en ese mismo momento al transportista el importe del lote que no apareció, habría tenido para comer digamos que pescado durante una semana o diez días pero si le repitiera el dolor de muelas de cualquier día anterior o se le fundiera la bombilla del baño no podría ir a la farmacia a comprar aspirinas, que no le quedan…y se habría tenido que duchar un día tras otro a oscuras. Ni un euro le habría quedado al hombre en el bolsillo de haber elegido las anchoas de Santoña. Igualico que el muy prestigioso y generoso empresario Amancio Ortega.
    Un saludo. P.

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