IV – La nube de San Gabriel

Dormitaba San Gabriel en una alejada y soleada nube de la Cúpula Celestial. Tumbado, bronceándose al sol, pensaba en todas aquellas cosas placenteras que le habían sucedido a lo largo de su vida…

– Anunciar a María que iba a ser la madre de Cristo.

– Inspirar a Juan el libro del Apocalipsis.

– Mostrarle a Daniel cómo sería el fin de los tiempos durante la cautividad del pueblo en Babilonia.

– Jugar a la petanca los domingos con Miguel y Rafael.

– Afilar la Guadaña de Dios.

– Vigilar la puerta del Edén para que ningún descendiente de Adán y Eva pueda volver a entrar.

– Sentir el calor del sol en sus alas las mañanas de primavera.

 

Tantas y tantas cosas por las que sentirse orgulloso de su vida. Siempre al abrigo de Dios (menos una vez que fue expulsado unos días por una cagadilla con el papeleo). Le reconfortaba pensar que había cumplido bien su trabajo y que seguía teniendo plena confianza de su Jefe. Momentos eternos entre las nubes…

 

Tiempos de reflexión…

La brisa…

El olor a amapolas en esta época del año…

Las caprichosas formas de las nubes…

 

 

Y el silencio…

 

 

 

 

 

 

 

Introspección y silencio…

 

 

 

Ayss… la perfección…

 

 

La cucaracha, la cucaracha

ya no puede caminar,

porque le falta

porque no tiene

marihuana que fumar.

La cucaracha, la cucaracha

ya no puede caminar

porque le falta

porque no tiene

marihuana que fumar.

 

Los ojos de Gabriel se abrieron hasta competir en tamaño con los anillos de Saturno. Sus dientes se apretujaron unos contra otros hasta producir un movimiento agresivo de su mandíbula.

A la cabeza le vinieron las palabras de Miguel “cambia de politono en el móvil, es poco serio”. Y está bien, es poco serio -pensaba- pero a mí me gusta.

Lo malo es… en fin… que le había devuelto a la cruda realidad. Todo aquel paraíso había desaparecido al ritmo de la revolución mexicana. ¿Y por qué?

Gabriel miró la pantalla de su smartphone y observó que era un número desconocido. Antes de descolgar, buscó rápidamente en la base de datos y descubrió que se trataba de un devoto.

Aunque él había tenido suerte porque no era de los que más llamadas recibía, de vez en cuando tenía que atender alguna. Lo cierto es que era una idea de Dios que no caía muy bien entre los funcionarios del cielo.

El momento era el peor posible pero… la responsabilidad es la responsabilidad.

Descolgó el teléfono y encendió el “manos libres” para escuchar qué quería el devoto.

– Gabriel que estás en los cielos, ayúdanos. Quiero mejorar nuestra Iglesia. Quiero que volvamos a tener el peso político de antaño. Que la gente nos haga caso. Que los preceptos que marcamos se cumplan. ¡Es todo por su bien! Por favor, Gabriel, por favor, ayúdanos…

 

Gabriel, colgó. Cerró los ojos por unos instantes y se relajó. Acto seguido se recostó cómodamente. Se quedó mirando pensativo al horizonte y por fin dijo para sí: Yo quiero ayudar pero… ¿qué será eso de Iglesia?

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Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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