II – El Sótano de Satán

Hay una cosa que al Diablo le molesta más que el mal funcionamiento de las calderas del Infierno o que el festivo día de todos los demonios. Mucho más allá de los problemas administrativos, de las apelaciones que liberan reos culpables o de tener que escuchar a Bebe… Satán no puede soportar su cojera. Y es que, entended, para un ser tan bello y tan poderoso como él, no es fácil tener una tara así desde hace miles de años.

Y, mucho menos, recordar cómo se produjo. Cómo pasó de ser el elegido, la luz más bella del firmamento, el hermano de Dios… a ser expulsado del cielo y a caer a peso hasta el lúgubre Infierno. Y desde entonces, no volver a caminar normalmente. Por los segundos de los segundos… amén.

Abrir los ojos en la oscuridad, despertarse de madrugada e intentar dar un paso y… dolor… y otro… y dolor… y recordar a Dios con mil blasfemias mientras e intentar llegar al baño y… dolor y dolor y dolor y más dolor. Desesperación.

A lo largo de los años, todo dio igual. No creáis que no lo intentó. Que si chamanes, que si las olvidadas artes arcanas de Shambala, que si la sabiduría de los habitantes de la Atlántida, que si los fisioterapeutas del seguro… nada funcionó. Y al final… el dolor permanece.

Sin embargo, en los días más oscuros, en los que más odia a su creador por lo que le hizo, aún hay algo que le reconforta. Por muy mal que lo esté pasando, el Señor de las Tinieblas tiene un lugar secreto donde todos sus problemas desaparecen. Es más, podríamos decir que el simple recuerdo del olor de esta estancia le produce más excitación que a los directores de porno japonés un colegio con un millón de adolescentes con minifaldas de cuadros y trenzas.

Desde el sótano de su casa, a través de una trampilla, se puede descender hasta una angosta cueva de la que nadie conoce su existencia. Los únicos que algo supieron, los soldados Nazis de la Waffen-SS que la excavaron, hace tiempo que fueron devorados vivos por orgánicas estrellas de David al ritmo de una versión de la Internacional cantada por los coros del ejército Soviético con un delay de más de dos segundos.

Imaginad, un laberinto construido en la roca con miles de trampas, sin luz, a altísimas temperaturas y que llega hasta una puerta decorada con todo tipo de símbolos arcanos que la protegen en ambas direcciones. Una sala que alberga a las criaturas más maléficas de la creación. Aquellas que son las únicas que aún pueden mantener contento al “Google de la tortura”.

Los días de hartazgo máximo, cojeando, con dolor, haciendo verbalmente de cuerpo sobre el Señor, Lucifer penetra en su más atroz cubil y “dialoga” con aquellos seres. Aysss… se podría decir que rejuvenece hasta convertirse en un multiorgásmico demonio pueril, de no más de 500 años.

 

Enciende la luz…

Les mira uno por uno, cara a cara….

Huele sus heces, sus orines y su desesperación…

Saborea cada una de sus lágrimas…

 

Satán, con los años, ha desarrollado tal técnica de tormento, que consigue con relativa facilidad que se revuelvan de dolor, que griten, pero que no mueran. La muerte les está prohibida a estos monstruos.

En las ocasiones en las que se siente más inspirado, su perversión llega a tal límite que les obligaba a realizar las más terribles atrocidades posibles.

Uno por uno, con sus propias manos, los condenados conceden créditos a parados sin aval, al 0% de interés.  Uno por uno, son obligados a realizar transferencias a ONG’s, sin comisiones.

 Uno por uno, vomitaban cada trozo de su alma y lloran eternamente por su muerte. Todo por una cojera, todo para paliar el dolor, para saciar la venganza…

Si lo hubieran sabido…

 

Pobres banqueros.

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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