“Tratado definitivo sobre la realidad física” por Zakharías Ethernesson

Prólogo

No es fácil hablar sobre la vida y la obra de un pensador como el que nos ocupa. De hecho, si sólo tenemos en cuenta la búsqueda filosófica y científica de la realidad, no es fácil hacerlo sobre nadie. Hay que fundir demasiados hechos, influencias, pensamientos y vivencias en unas pocas páginas creando un personaje que difícilmente se acercará al que existió. Nunca podremos hallar sus parámetros objetivos. Por este motivo me aterran las sinopsis que introducen algunos libros, como ésta. Son demasiado pretenciosas.

Tengo miedo de manipular la realidad. Quiero que se entienda que, cuando hablo de manipular, me estoy refiriendo al acto de utilizar las manos para dar forma a la realidad, con o sin su acepción más negativa. La intención, en esto, es lo de menos. Por este motivo, espero que entendáis que estas líneas no siguen el camino de la objetividad absoluta, ni siquiera la loable virtud de la objetividad en los procedimientos. No nos engañemos… ambas cosas son inalcanzables.

También quiero dejar claro desde el principio que me siento enormemente honrado de poder prologar la que, con seguridad, es la obra cumbre del pensamiento occidental del último siglo. Este Tratado definitivo sobre la realidad física es una obra que, sin duda alguna, removerá los cimientos estructurales de la mentalidad europea por su inigualable corrección literaria y por su inalcanzable profundidad filosófica. Y no sólo me siento afortunado por poder aportar mi granito de arena en el aprendizaje del lector, sino que, además, es un honor escribir estas líneas debido a que conocí personalmente al ser humano que gestó este prodigioso libro.

 

Conferencia en Helsinki

En ocasiones, uno tiene la oportunidad de asomarse a una ventana que le muestra un mundo que nunca había podido ver previamente. ¿Estaba ahí? ¿Es esto lo que verdaderamente se encuentra detrás de los átomos y de los pensamientos? Está claro que eso significó para mí el breve tiempo que mi camino y el del profesor Zakharías Ethernesson permanecieron juntos.

En abril del año 2001 visité Finlandia por primera vez. Nunca había viajado más al norte de Münster, Alemania, y lo cierto es que las regiones nórdicas no me agradaron nada. La monotonía del gris de las ciudades elevada a la máxima potencia. Su capital me recordó a un enorme cementerio donde las largas avenidas parecen eternos caminos llenos de panteones que se amoldan al terreno y que ruegan para que Aeolos modere sus bostezos. Eso, sin olvidarnos de lo peor de todo… el frío. Para un hombre que viene de un pequeño pueblecito del sur de Francia, la temperatura del “fin de la tierra” es insoportable. Por mucho que uno intente abrigarse con todo tipo de complementos para turista ocasional, nunca es suficiente. Pero bueno, no pretendo aburriros con los pormenores que me llevaron hasta el Aula Magna de la Facultad de Letras de la Universidad de Helsinki. Lo importante es que allí, repentinamente, mi mundo… mi concepción de este mundo… cambió.

Imaginaos la mayor de las paradojas para un racionalista militante como yo. Un día, de repente, te das cuenta de que vives en un error, que tus postulados pueden estar equivocados y que has estado soltando discursos de dos horas de pago por visión sobre planteamientos filosóficos que acabas de descubrir erróneos. ¡Eso sí que es el infierno!


En las nubes

Pues bien, vayamos al principio. Cuando tienes miles de kilómetros de avión para meditar y ves cómo las etapas del viaje van cayendo, puedes llegar a pensar que el tiempo es moldeable. ¡Falsedad! El tiempo ni se acelera ni se detiene. Es un eterno embustero que escribe en frases largas para nosotros que, en realidad, no son sino suspiros de hiel para el eterno contemplar de las estrellas. Cuando el trabajo que llevas a cabo es el de analizar los círculos concéntricos que existen en la realidad, te das cuenta de que llegar al núcleo de la misma es extremadamente complejo, y que los conceptos “espacio” y “tiempo” no poseen el valor categórico que tienen para los no iniciados en esta materia. Imaginadme en un avión junto a doscientas personas, a una gran velocidad, cruzando las nubes y pensando en estas cuestiones. Tiempo, espacio y realidad física.

Me recuerdo mirando por una de esas ridículas ventanillas que tienen los aviones. Me veo como si estuviera fuera de mí, y puedo acordarme de un niño con unos superhéroes de plástico y la encarnizada lucha entre el bien y el mal ocupando todo el respaldo de mi asiento. Delante de mí, mis notas, y al fondo del estómago el intenso desconsuelo que nos aúna a los amantes de la buena cocina después de haber almorzado en un aeroplano. También me vienen a la memoria mis pensamientos sobre la falsa apariencia de territorio virgen que tienen las nubes cuando las miras por encima, sobre la desconfianza que debemos de tener en nuestras percepciones, sobre la impotencia que causa el camino de la verdad, y claro, sobre las percepciones que tenemos de la cuarta dimensión.

Os estaréis preguntando por qué en una introducción como ésta estoy utilizando tantos circunloquios para llegar al meollo de la cuestión. Bueno, creo que este tono literario que estoy manteniendo es necesario para que comprendáis el significado de la obra de Zakharías o, por lo menos, su penetración en mi persona. Por este motivo os estoy describiendo cómo un racionalista-analítico como yo estructuraba el mundo en función de la aparente realidad que pensaba que podríamos llegar a conocer, y no en función de “lo bueno” y “lo malo”; términos relativos y absurdos cuando sabes con toda seguridad que la realidad física es inaprehensible.

Colocar un punto de partida en estos estudios es muy complicado. Entendedme: Estamos manejando permanentemente hipótesis de trabajo que son poco tangibles y que son propias de un mundo de ideas que poco tienen que ver con el que se despliega ante nuestros ojos. En nuestra ciencia no disponemos de fórmulas matemáticas que nos sirvan para cuantificar tal multitud de variables. No niego su existencia, simplemente afirmo que no estamos capacitados para su entendimiento y su manejo.

 

Finlandia

Ya os he comentado que Finlandia no me gusta. ¡Gris! ¡Eterno gris! Pero claro, no hay nada más importante para un teórico que una sala llena de un público entregado al que poder explicar en qué pierdes el tiempo de tu vida.

Taxi, avión, taxi, ducha, taxi y, por fin, a conocer la universidad. A pesar de los colores, ¡todo se parece tanto! Que no se moleste nadie, pero viajando es como uno se da cuenta de que somos bastante parecidos los unos a otros. Aunque los edificios cambien de estilo, las personas pululan de manera semejante en todas partes. Las universidades no son una excepción. Los estudiantes a lo suyo, metidos en todo menos en los estudios. Los profesores, viajando solos por los pasillos. Cabizbajos, serios… Los bedeles, hartos de que todos les miren por encima del hombro, mantienen una expresión de náusea imborrable. ¿Acaso la perspectiva nos abre la puerta a la verdad del mundo? Claro que no.

El Aula Magna de la Universidad de Helsinki es exquisita. Enteramente forrada de madera, con grandes ventanales y todos los medios técnicos que el dinero puede comprar. Contento con el campo de batalla, y después de comprobar que la sonoridad era más que adecuada para mis cansadas cuerdas vocales, me llevaron de vuelta al hotel. Habitación grande, olor estupendo, detalles milimétricos… El programa para mí era bastante apretado, así que descansé cinco minutos y me llevaron a visitar monumentos (panteones) y a cenar. Acabé en la cama temprano e intenté dormir. No pude, es habitual. Debo de ser algo hiperactivo. Todo mi mundo quiere salir de mi cabeza y se lleva por delante al hombre que echa arena en los ojos para que uno se duerma.

Vueltas y más vueltas, y ojos abiertos. Minutos que se hacen horas y no hay sueño que me asalte. La palabra “realidad” pintándose en las paredes y el cansancio que no me deja respirar ni dormir. En muchas ocasiones suelo hacer lo que hacía Borges, me levanto y me pongo a escribir, pero aquella noche no me apetecía. Miré por la ventana y luego a mi despertador: eran las 2 y media de la madrugada. Como buen cementerio, Helsinki estaba muerto. Sin coches, sin gente, en ese momento hubiera jurado que no había aire en el exterior. ¡Qué lejos quedaban mis queridas Niza o Saint Tropez! Recordando el refrán galo que dice que es difícil encontrar un cementerio sin crisantemos, me vestí y bajé a recepción. Le pregunté al conserje si había algún sitio al que se pudiera ir a esas horas y, tras mirarme como si hubiera cometido un asesinato, me dijo que estaba el Halcón Maltés, pero que era un sitio de dudosa reputación donde se escuchaba Jazz. Recuerdo que dudé exteriormente, aunque para mis adentros dije: ¡Perfecto!


El Halcón Maltés

De camino creí que se me iba a caer la nariz de la cara por el frío. Aunque el conserje me había insistido en que fuera en taxi, preferí ir andando. Claro, yo me había imaginado un paseo silencioso bajo la luna y no un bombardeo de copos de nieve que me dificultaban hasta la respiración. Pero bueno, el tugurio no estaba especialmente lejos, y serpenteando un poco, en veinte minutos llegué al Halcón Maltés.

Es increíble la influencia que tienen los americanos en todo el mundo. El local parecía salido de un guión de Dashiell Hammet y casi podía imaginar al detective Sam Spade siguiendo la pista del villano más malévolo, quizá encarnado por Edwar G. Robinson, mientras esperaba la aparición de una mujer fatal. Ya sabéis: humo, caras serias, alcohol y un cuarteto de Jazz tocando temas que habían hecho clásicos Coleman Hawkins y Dexter Gordon.

Me acerqué a la barra para pedir algo fuerte. Obviamente tuve que tomar un Bourbon. Tenía la sensación de que si pedía otra bebida acabaría acribillado por una ametralladora Thompson, de ésas del cargador circular, por no haber sintonizado el canal correcto. Me senté a la derecha del pequeño escenario y dejé que la música me impregnara de la melancolía que sólo una voz femenina y sensual puede producir. La chica era espléndida. Apenas tenía voz, era más bien un hilo susurrante que dudo que alcanzara un registro superior a media escala. Sin embargo, a todos los hombres del local les brillaban los ojos con su mal inglés. Y es que, junto aquel pelo rubio rizado en las puntas y aquellos guantes a lo Rita, se cernía un aura embriagador difícilmente separable de aquella figura. Acompañaban a la dama un saxofonista acabado de avanzada edad, un pianista jovencito y un baterista de un tamaño y un grosor tales que parecía que estaba tocando una batería de juguete.

Aunque ella daba la impresión de mirarme mientras cantaba, lo cierto es que la experiencia me ha enseñado que las cosas nunca son lo que parecen, así que no me hice muchas ilusiones. Pero claro, en estas lides, a uno siempre le queda la esperanza de ser el centro de atención de una mujer así. No puedo negar que al cuarto Bourbon ya creía que cantaba sólo para mí. De hecho, cuando hicieron una sorprendente versión del Dance me to the end of love de Leonard Cohen creí que mis pies no volverían a tocar el suelo nunca más.

En el momento en que la música terminó, el encantamiento que me cegaba cesó. El bar estaba ya medio vacío, aunque he de reconocer que nunca había estado medio lleno, y el humo había sido arrinconado sobre unos caballeros que parecían los ejecutivos de alguna empresa extranjera. El barman se disponía a pinchar a Miles Davis y dos camareras fregaban las mesas vacías del local. ¿Dónde había estado yo? Pues a lo mío. Enmimismado entre conceptos arbitrarios, un poco ebrio y con esa sensación que le asalta a uno cuando está tumbado cómodamente en el sofá de una casa ajena: Tengo que marcharme, pero lo haré en cinco minutos.

–¿Se puede llegar a la realidad?

–No.

–Entonces, ¿por qué pierdo el tiempo buscando la realidad?

–Porque es bueno seguir por el camino recto hasta acercarse lo máximo posible.

–Eso es jugar a perder.

–No tiene por qué.

–Si quieres algo, sabes que no lo puedes alcanzar, y pese a todo sigues empeñado en conseguirlo, estás perdiendo el tiempo.

–Mostrar al mundo que el conocimiento de la realidad física es inalcanzable es como la muerte del Samurai en el campo de batalla. Aunque no se gane la guerra se muere con honor, y el honor es el propio camino.

–Pero la gente no quiere saber la verdad, les vale con tener la razón.

Cuando llego a ese punto es mejor parar. Uno dedica su vida a una investigación, y pensar que es estéril es lo peor que le puede pasar. Resumiéndolo en una especie de fórmula matemática:

El camino de la realidad física   a la realidad física.

La realidad física    al concepto de realidad humana.

Luego, ni el intento de conocer la realidad física, ni lo que entendemos como realidad son la propia realidad física.

Un saxofonista acabado

Llega a ser desalentador tener el alma en plena tormenta ante tanta guerra interna. Sólo hay dos soluciones cuando uno llega al cabo de Hornos: Darse la vuelta y abandonar o seguir hacia delante surcando las olas amenazantes y esquivando los rayos. A los investigadores siempre nos pasa lo mismo; son tantos años metidos en el mismo barco que la huída hacia delante es el único camino posible para mantener la coherencia vital. Afortunadamente, entre los miembros del gremio perdura la máxima de no preguntar para qué sirven realmente los estudios ni de qué problemas van a sacar a la humanidad. Es algo que se suele cumplir porque, si no, la mayoría nos iríamos a la cola del paro. Todo consiste en llenar folios e investigar.

Al mirar el reloj descubrí que ya era lo suficientemente tarde como para regresar al hotel. Aunque no estaba lejos, dudo mucho que en mi estado lo hubiese encontrado fácilmente, y con el frío que hacía… Así que nada más salir del bar le pregunté a la primera persona que vi. Dio la casualidad de ser el saxofonista acabado de la banda de Jazz.

–¿Habla usted inglés?

–Claro.

–Es que necesito llegar al Embassador.

–No se preocupe, yo le llevo. Me coge de camino.

–Muchas gracias, por cierto, buen concierto…

–Bueno, ya sabe, no somos los mejores, pero tocamos con Body and Soul.

–¿Se ganan la vida con esto?

–Con conseguir un plato de comida y un vaso de cerveza nos damos por satisfechos. ¿De dónde es usted?

–De un pueblecito del sur de Francia, Èze-sur-Mer.

–Bonita zona, sí señor… ¿No es ahí dónde veraneaba Nietzsche?

–Exactamente, justo allí ideó el “Así hablo Zaratustra”.

–Vaya… así que tenemos a un turista del Mediterráneo en pleno proceso de congelación.

–Bueno, no soy exactamente un turista.

–¿No?

–No. He venido a dar una conferencia en la Universidad. Me llamo René Chion.

–Y teniendo una conferencia mañana, ¿cómo es que aún está despierto?

–Bueno, el insomnio… ya sabe. Últimamente tengo demasiadas dicotomías en la cabeza.

–Suele pasar, aunque el mundo es más sencillo de lo que nosotros imaginamos.

–No, no. Todo lo contrario. La realidad no podemos alcanzarla, el mundo se complica según vamos desgajándolo.

–Querido amigo, está usted en un error. El desconocimiento que tenemos del mundo no significa que la realidad sea compleja. Es todo mucho más simple que eso.

–Permítame decirle que yo soy un estudioso de la materia. He entregado mi vida a la realidad física y le puedo asegurar que los resultados de mis investigaciones así lo demuestran.

–Aquí está su hotel Señor Chion. Espero que su estancia en mi país sea lo más agradable posible. Para que no dude de la hospitalidad de los finlandeses le voy a hacer dos regalos. Aquí los tiene.

Y aquel saxofonista acabado me entregó un objeto envuelto en papel de periódico y atado con una pequeña cuerda. Lo inspeccioné sin abrirlo, incluso lo agité por escuchar si sonaba algo en su interior. Obviamente, nada. Alcé la vista y le pregunté “¿Y el otro regalo?”. Con mi última palabra el coche arrancó y se fue, dejándome con cara de pasmado frente al hotel. Con gran incertidumbre por lo que acababa de ocurrir, entré y me dirigí a mi habitación. La noche de Jazz había surtido efecto, puesto que nada más tumbarme en la cama caí rendido.

 

El gran día

Desperté entre saxofonistas con prisa, humo de tabaco, rubias de labios carnosos y un teléfono que no cesaba de sonar. Afortunadamente, al otro lado de la línea estaba el chico de recepción. De milagro consiguió sacarme de las sábanas del Reino de Oniria a ritmo binario de ring-ring y me regaló el tiempo justo para llegar a mi conferencia. Ducha, afeitado, traje para la ocasión, portátil, maletín, notas y una prisa descomunal que llevé conmigo para no llegar tarde a mi importante cita. Una vez más, en el taxi, autodisertación sobre el tiempo y su aparente plegabilidad. ¡Qué rápido pasa! ¡Qué lento este taxista! ¿Es que en Helsinki todos los semáforos están en rojo?

Tras llegar al campus todo fue correr de un pasillo a otro, esquivar alumnos despistados e intentar en vano orientarme para llegar al despacho del decano de la Facultad de Letras. No hay nada como preguntar, sobre todo cuando los carteles no aportan ninguna información debido a que están escritos en una lengua que, no sólo se desconoce, sino que nada tiene que ver con las aprendidas. El decano, el Señor Mortenssen, insigne teórico de la cultura de masas, era uno de esos intelectuales atrapados en un volumen ingente de obligaciones que les impiden desarrollar sus artes, y que abrazan los cargos como quien está lleno tras una copiosa comida pero hace un último esfuerzo para un postre de hojaldre. Una persona admirable. Sirvan estas líneas como recuerdo para su persona, puesto que murió el año pasado de un ataque al corazón.

En fin, que llegué a la conferencia, vi, y expliqué mis teorías sobre la realidad física. No es necesario que repita los aspectos básicos de lo que eran mis fundamentos. Lo cierto es que el público los acogió con agrado. Es gratificante que las horas que uno invierte en estas cuestiones sirvan, por lo menos, para eso, aunque surja la duda de si realmente la audiencia está interesada en el significado de tus palabras o simplemente queda obnubilada por el uso de las nuevas tecnologías como herramientas docentes.

Terminó la conferencia y, siguiendo el programa que me habían impuesto, disfruté de un almuerzo informal con varios profesores y algunos alumnos aventajados del centro que estaban realizando sus trabajos de investigación sobre materias tangenciales a la mía.

Zakharías Ethernesson

Probé los productos de la tierra en este almuerzo y, que me perdonen los Finlandeses, pero no hay vino como el Burdeos. Sin embargo, siendo sinceros, su tinto tenía un nosequé que lo hacía atrayente a esas horas. Nada más comenzar este acto, mientras Mortenssen me presentaba a varios alumnos de los cursos de doctorado, a mi espalda se montó un revuelo que fue rápidamente sofocado por un profesor adjunto.

–¿Qué ha pasado?

–Al parecer dicen que han visto al maestro en la conferencia.

–Imposible. Hace años que no se deja ver en espacios académicos.

–Eso creo yo.

–Dijo que no volvería hasta no haber acabado su obra definitiva.

–Quizá lo haya hecho.

–Perdonen, ¿quién es el maestro?

–En serio, ¿no sabe quién…? Hablamos de Zakharías Ethernesson. ¿No ha oído hablar de él?

–Por supuesto, he seguido atentamente parte de su obra, sobre todo lo referente a la realidad física. Es una de las piezas clave de mis teorías.

–Es el fundador de la escuela de Helsinki de pensamiento moderno y hay un gran número de teóricos que siguen aquí sus escritos como si fueran textos religiosos.

–Sí, sí. Yo pensé que se había retirado.

–Lo hizo, pero a lo grande. Dijo que había estado equivocado durante mucho tiempo y que sus planteamientos eran erróneos. Aseguró que abandonaba la docencia hasta que no llegase a la realidad física.

– Pero eso es imposible.

–Eso le dijimos todos, pero un buen día desapareció.

Permanecimos unos segundos en silencio. Estábamos atascados en uno de esos momentos en que las palabras no le salen a nadie y la espera hace que desees que el otro hable aunque sea del tiempo. Aprovechando la situación, y no soportando más las ganas que tenía desde hacía un rato de ir al baño, comenté que tenía que pasarme por el servicio; palabras que nos hicieron respirar a todos un segundo. ¡El ser humano y sus relaciones sociales! Lo cierto es que los baños de los edificios públicos de Finlandia son extraordinarios. Todo brilla tanto que parece que sirven como sala de oración de algunos dioses paganos. En el fondo, quizá sea cierto. En el camino de vuelta me llevé una grata sorpresa. Cuando estaba entrando por la puerta de la sala, una voz cascada por el tabaco me llamó la atención. La sombra de una cabeza sobresalía del busto de un personaje importante de la ciudad, de nombre impronunciable. Lo cierto es que no tardé mucho en saber a quién pertenecía aquella silueta.

–No ha estado mal la conferencia.

–¿Usted?

–No se deje engañar por las apariencias. El hombre humanista gusta de beber de muchas fuentes.

–No sabía que a los saxofonistas les interesase la realidad física.

–Mucho más de lo que usted cree.

–¿Si?

–Querido amigo, tiene que darse cuenta de que el arte es la única manera que tenemos de superar las barreras del lenguaje. La poesía, sin ir más lejos, no es más que la alquimia necesaria para crear nuevas conceptualizaciones lingüísticas que nos permitan darle una vuelta de tuerca al mundo. A través de la música conseguimos que por una vez se fusionen nuestra alma y nuestro cuerpo formando un único ser. Ambas artes son para la evolución del hombre mucho más importantes que el ADN.

–Tampoco se pase.

–Vamos, despierte, René. Aún vive en el mundo que usted critica. Su conferencia ha estado muy bien para la actualidad, pero dentro de 200 años nadie la tendrá en cuenta. Aún no se ha aproximado a la realidad física. El único camino lo encontrará en los dos regalos que le hice.

–Pero… no puede ser.

–Lo es. Yo era como usted, pero un día descubrí que jamás llegaría a mi objetivo dándole vueltas a lo complicado y seguramente imposible que es alcanzarlo. Cambié de herramientas, cambié mi camino y conseguí decodificar esa realidad oculta y oscura de la que usted acaba de hablar. Ahora no se puede desanimar. Ha dado el primer paso, que es saber que la realidad no es como la vemos. Sin embargo, la respuesta que usted ha encontrado no es la correcta. La realidad… la REALIDAD no es más complicada que el mundo que nuestros sentidos nos ofrecen.

Y con las mismas, puso una mano sobre mi hombro, sonrió como sonríen los niños y se marchó robándome la lengua y los trabajos de toda mi vida. Cuando giré la vista, toda la gente de la sala estaba mirándome en silencio. Mortenssen me observaba como si acabara de ver a un fantasma y todo olía como huelen las bodas de tus exnovias. El decano me preguntó si sabía quién era aquel hombre. Obviamente le dije que sí: era Zakharías Ethernesson, el saxofonista acabado. Me disculpé y recogí mis cosas. Tenía que llegar al hotel lo antes posible.

Los regalos

Lo cierto es que hay veces en que a uno le gustaría tener poderes mágicos como los que tienen los personajes de las narraciones gráficas de los años sesenta del norteamericano Stan Lee. Me hubiera gustado tener más velocidad de lo normal, o poder levitar, o teletransportarme para llegar en un segundo hasta mi habitación del Embassador. Pero no, atasco de mediodía, semáforos y un hipódromo en mi estómago que apenas me dejaba saber dónde estaba.

Mis teorías se desmoronaban a cada segundo que pasaba y quizá estuviera la brújula para mi nuevo camino encima de mi mesita. ¿Cómo no lo había mirado anoche cuando llegué? ¿Quizá si me hubiera levantado a tiempo? Puedo asegurar que la ansiedad que tenía en aquel momento fue la mayor que he sufrido en mi vida… bueno, quizá comparable a la vez que le pedí a mi primera novia que saliera conmigo, pero la trascendencia vital no era comparable. De hecho, el alcance que para la historia del pensamiento podía tener ese mundo que se abría ante mí, me hacía sentir el peso de todo el planeta sobre mis espaldas.

Recogí la llave en recepción, subí a mi cuarto, tiré todo encima de la cama y cogí el paquete de la mesita. Intenté soltar la cuerda que lo envolvía, pero no pude, así que saqué las tijeras de un botiquín que siempre llevo conmigo en los viajes y la corté. Rompí el papel de periódico con avidez y allí apareció. Tomé aire y leí el título de aquella portada rudimentaria de cartón. Tenía entre mis manos el manuscrito del Tratado definitivo sobre la realidad física.

Obviamente, perdí el avión que debía coger esa tarde y me pasé tres días estudiando el significado de su contenido y meditando sobre la obra. Hoy ya la conoceréis todos por las filtraciones que han llegado a la prensa especializada. Aún así, seguro que estáis nerviosos, pero imaginadme en aquel momento, en la soledad de la cueva primigenia, con los secretos del universo en mi mano. Oler la realidad física desde aquella ventana… ¡Indescriptible!

Con esta introducción he pretendido mostraros la importancia que tuvo para mí conocer al autor. Mis estudios, y mi propia vida, cambiaron de dirección en cuanto descubrí esta obra. He querido con este prólogo mostraros lo enigmático del personaje y la importancia que este libro va a tener para el pensamiento occidental. Espero haberlo conseguido.

TRATADO DEFINITIVO SOBRE LA REALIDAD FÍSICA


 

 

Epílogo

Entiendo cómo os sentís. Imagino al lector novel en estas materias con los ojos abiertos como platos frente a una ventana con unas vistas insospechadas. Imagino a los teóricos revolviéndose y negando la evidencia como primera fase de un revés de estas características. No os asustéis, la clave está en dejarse llevar. Os recomiendo que volváis a degustar esta obra con tranquilidad, porque en ella se encuentra la esencia de todo. Hacedlo detenidamente porque es de rápida lectura y podéis cometer el error de hablar y discutir sobre sus planteamientos sin una necesaria reflexión previa. No quiero haceros fácil el camino. Deberéis descubrir por vosotros mismos el Tratado definitivo sobre la realidad física. Simplemente, como consejo, deciros que no os dejéis engañar por el señuelo de las páginas en blanco. Son simplemente una cortina de densa niebla colocada para producir accidentes a los que vayan rápido. Id más allá. La realidad física no es ni sencilla ni compleja. La realidad física no es más que lo que aparece ahí.

Me gustaría desde estas líneas rematar unos cabos que quizá hayan quedado sueltos en el prólogo y que es probable que queráis conocer. Por un lado, espero que después de leer el libro hayáis comprendido el significado de mis palabras. Guardo en gran estima dos cosas: los instantes que pasé junto al más grande pensador occidental del último siglo, y el hecho de que creyera en mí como apóstol de su palabra. Por ellas me sentía en la obligación de trasmitiros mis pensamientos y vivencias previas a la apertura del tratado aquella mañana y descubriros lo que ha cambiado todo después de su lectura.

Por otro lado, quizá os preguntéis por qué Zakharías me dijo que me había hecho dos regalos si realmente sólo me dio uno. Tardé en comprender que un buen regalo siempre son dos. A la par que el objeto y su valor económico, nos encontramos con el pedazo de alma que coloca uno en él y que cobra significado en un código secreto que se crea entre el dador y el receptor para siempre. Ethernesson me regaló un libro, un extraordinario libro, pero a la vez me regaló su espíritu representado en la serenidad que produce saber, no sólo dónde está el final del camino, si no con qué material está pavimentado.

Por último, quizá queráis saber qué fue de él. Lo cierto es que no se le ha vuelto a ver en ninguna conferencia ni en ningún acto de ésos en los que se loa la obra de un autor. No estuvo en la presentación previa de esta primera edición de su libro, y ni siquiera volvió a aparecer por El Halcón Maltés. Nada en absoluto. Tan sólo aparecieron rumores sobre fantasmas e historias más propias de la mitología nórdica que de la historia del pensamiento. Sin embargo, quiero creer algo que llegó a mis oídos por pura casualidad en uno de mis viajes de eterno retorno a Helsinki. No recuerdo si fue en un comedor, al final de alguna conferencia o durante alguno de mis paseos nocturnos por aquella ciudad gris donde escuché que una banda de Jazz tocaba de pueblo en pueblo por la región más septentrional y fría del mundo a cambio de un plato de comida y un vaso de cerveza. No sé si entendí o quise entender que el grupo estaba compuesto por un pianista jovencito, un baterista de un tamaño y un grosor tales que parecía que estaba tocando una batería de juguete, una rubia de dudosa aptitud musical y un saxofonista acabado de avanzada edad.

René Chion, Èze-sur-Mer, Abril de 2004.

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

1 Comentario

  1. Tenía noticias de otros éxitos tuyos pero ni idea de que te hubieran premiado por haber convertido en famoso al acabado saxofonista finés (o finlandés) Zakharias Ethernesson. Enhorabuena. Y el tratado se puede adquirir, veo, por poco más de 6 euros. Lo compraré. Y me quedo con esta frase: “Aunque no se gane la guerra se muere con honor y el honor es el propio camino”. Una bonita consigna para emprendedores de proyectos y estudios de investigación que, en principio, e incluso hasta cerca del final, tienen toda la pinta de acabar en fracaso. Ethernesson más Churchill suman Dos. Pero hay muchos más que piensan lo mismo. Un saludo. P.

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