Francisco y María

A Francisco siempre le gustó hablar con su hija. Desde luego era una manera de tenerla cerca por lo menos media hora al día; aunque lo más importante para él siempre fue observar el desarrollo cognitivo de una niña que empezaba a echar los dientes definitivos del raciocinio. En las frecuentes conversaciones que tenían, padre e hija, hablaban de política, de industrialización, de la descolonización de África, e incluso, de grandes saxofonistas en la historia del Jazz norteamericano. Cualquiera que les escuchase pensaría que estaban chalados o que seguían un guión teatral.

En aquella ocasión, y debido a cierto sentimiento de cariño que María estaba empezando a tener por primera vez por un compañero del colegio, el eje central del diálogo no era otro que el escabroso tema del amor. Francisco siempre había esquivado esta conversación con el afán de que su niña no se hiciera mujer tan rápido sin darse cuenta de la contradicción que esto suponía en su formación.

Por un lado, pretendía hacerla crecer como a ninguna otra jovencita en conocimientos filosóficos, sociales e históricos mientras que, por otro, no sé muy bien si por miedo o raciocinio, pretendía que su niña no se formase aún como ser humano completo y obtuviese el conocimiento necesario para no ser esclavo de alguna de sus pulsiones. El “fatus” o más bien la niña le arrinconaron hasta que no pudo escapar.

– ¿Querías mucho a mama?

– Más que a nada en el mundo.

– ¿Cómo la conociste?

– A veces recordamos las cosas como si fuéramos parte de una película. Y creo que en esta ocasión me pasa algo parecido. Imagínate, un atardecer precioso, en la playa, en mayo. Unos chicos jugando un partido de fútbol en la arena y una temperatura ideal. Ya sabes, un día de estos en los que la primavera decide mostrarte cómo va a ser el verano y que las ciudades costeras aprovechan para reducir su ritmo de vida. Momentos de cámara lenta de una película que te hacen ser protagonista intrahistórico de una superproducción.

– Y, ¿qué sucedió?

– Pues nada. Mientras, las doradas olas del atardecer rugían a unos pocos metros, mis ojos, con vida propia, fijaron su interés en un ángel que revoloteaba a mi alrededor. Una blusa blanca y larga se movía al viento como si fuese unas enormes alas y una sonrisa divina, esbozada solo para mí, buscaba una complicidad dubitativa. Luego, ya sabes, un helado llevó a unas palabras y éstas a un café y…  sin duda, fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida.

– Si tan maravilloso fue, ¿por qué la abandonaste y te fuiste con tu secretaria?

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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