Primera lección de Cocina (I)

Me ha dicho un amigo que por qué no hacía unas recetas de cocina en el blog. “Es lo que te falta”. Y he decidido seguir su consejo, aunque creo que no era un consejo. Pero vamos, por si lo fuera.

Creo en la importancia de la alimentación, en que somos lo que comemos, en que debemos de ser responsables y medio ambientales y en que no siempre se tiene el conocimiento y/o el tiempo necesario para cocinar acorde a todo ello. Que conste que a mí me encanta cocinar, pero entre el grupo, el blog, el basket, el spinning, defender a los indefensos, robar bancos, generar empleo y navegar con dos tortugas marinas atadas a mis pies… pues no me da. No puedo dedicarle todo el mimo que se merece.

¿Qué vamos a hacer hoy?

Hoy vamos a cocinar algo tradicional. Algo con lo que reponer fuerzas después de volver del trabajo. Algo tan nutritivo y maravilloso como unos huevos fritos con beicon.

¿Qué es lo que necesitamos?

– Una cocina.

– Haber pagado la luz o el gas.

– Una sartén.

– 100 ml de aceite de Oliva.

– Dos huevos.

– 4 lonchas de beicon.

– Un rollo de papel de cocina.

– Una espumadera.

– El CD de Queen “A night at the opera”.

– Un delantal que se asemeje a un traje de sevillanas de chica.

– Sal.

– Entra.

– Un aparato reproductor de CD’S.

– Una foto de Patricia Conde.

¿Cómo hacerlo?

Bien. Parece fácil. La cocina es un arte milenario que requiere haber seguido el camino de la cuchara para dominarla. Para realizar el plato de hoy, lo primero que necesitamos es llegar hasta la cocina. Es importante ir esquivando la ropa que hay por el suelo, las plantas que dejaste de regar en marzo, los folios con notas que nunca releerás, los zapatos que sirven de minas antipersona… un increíble esfuerzo de mentalización que alinea tu alma con la vía láctea.

Llegas a la cocina, fundamental. Si no hay cocina mal vamos. Llegas a la cocina y descubres que no has pagado la luz. La Vitro no funciona. Vuelve a atravesar Camboya, Laos y Vietnam, baja al banco y paga. Vuelves a casa.

Llegas a la cocina y descubres que tienes la sartén en algún lugar de la mancha de cuyo nombre no te acuerdas. ¡Mierda! Bajas a por una sartén a la ferretería. Que es el único sitio que se te ocurre. 1000 personas en la cola. Que si tornillos, que si bombillas de bajo consumo, que si tienes lentejas, ¿yo lentejas?, como tienen mucho hierro…

Total que compras la sartén…

Subes corriendo a casa. Esquivas las minas y los diferentes seres vivos que ya viven allí y te dispones a conjuntarte con la eternidad. Cuando colocas tu reluciente sartén sobre la rayada vitro buscas el aceite. Después de desordenar todo un poco más descubres que con lo que te queda no fríes ni un huevo de codorniz.

Se te antoja un poco exagerado utilizar una cuerda y un piolet para hacer más sencilla tu salida de la casa. Pero no te queda otra. El macho alfa debe conseguir comida. Bajas al supermercado por aceite y por el precio parece que más que de oliva es de caviar. ¡Joder con las aceitunas!

Miras el reloj… tienes un hambre atroz. Como podéis observar es parte de la técnica milenaria. Tenerlo todo desordenado, tener que comprar un par de cosillas de última hora… todo medido para hacer hambre.

Pues bien, cuando ya tienes el aceite vas hacia la caja. Cola. ¡Qué hambre! ¿Quiere bolsa? No.

Sales corriendo, pensando en tus huevos (fritos) y un olor penetra por tus fosas nasales que hace que tu pituitaria amarilla comienza a dar palmas. ¡Kebab!

Tras unos segundos de duda y sabiendo que todo está a merced de un preestablecido plan culinario pides un Durum con patatas. ¿Salsa picante? Bueno.

La cagamos.

-Continuará-

Sobre Luis Miguel Artabe 337 Artículos
Periodista, profesor, psicólogo de masas y #CommunityChamán. Como no me gusta la realidad me invento otra. Si vas contracorriente, soy tu salmón.

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